El primer libro de Autoayuda de la Historia

(De mis apuntes durante un viaje por Egipto)

Debe haber sido un tipo muy interesante Ptahhotep. Vivió allá por el 2.400 antes de nuestra Era, llegó a Visir del Faraón Djed Kara Isesi y transcurrió su vida dedicado a formar discípulos, cuidar y acompañar las decisiones de la casa reinante, ocuparse –y mucho de que la rectitud y la justicia imperaran en todos los estratos, según cuentan jeroglíficos de la época– y para eso contó con mucho tiempo para hacerlo: si hemos de creer las crónicas, vivió 110 años, casi matusalémico para la expectativa de vida que campeaba entonces.

Ptahhotep
Ptahhotep

Conservamos de él reproducciones de sus actos y sus facciones en frisos (como el del Museo Imhotep) y estatuas de cuerpo entero (en el Museo de El Cairo). Precisamente allí me llamó poderosamente la atención su gesto: el artista –que sin duda le conoció personalmente– ha reproducido un gesto, sutil pero contundente, en esa semi-sonrisa que tanto parece remitir a La Gioconda. Yo, que creo que el humor sutil es uno de los signos paradigmáticos de la inteligencia, estoy seguro de que fue lo que trató (y logró) transmitir el escultor: al dueño de una fina e irónica inteligencia.

He decidido traer al conocimiento de ustedes este personaje (en una cierta “galería de excéntricos” que inopinadamente y de manera colateral a otros trabajos he comenzado a compilar recientemente) porque además de su fructífera existencia lo veo como autor del primer libro de Autoayuda del que quede registro. Se llamaba “Máximas de la palabra cumplida”, y era una serie de recomendaciones, algunas teóricas, otras prácticas, para gozar de la mejor vida posible en armonía con la sociedad y el Universo. Lo escribe en principio para su hijo Ankhu quien con el tiempo llegaría a sucederle como Gran Visir y fue considerado con tanto respeto por sus contemporáneos que buena parte de él, de su prólogo, cuarenta y dos máximas y largo epílogo dividido en nueve partes, se ha conservado. Si se me permite la observación, las partes en que se divide un libro tenían propiedades mágicas para el antiguo habitante del Nilo. Y así 1 (prólogo) + 43 (máximas) + 9 (partes del epílogo) resultan en 52, número arcaico y poderoso en la Magia, no sólo de Egipto, sino de todo el orbe. ¿Es necesario recordar que 52 eran los años que confirman el Gran Ciclo del calendario mexhica, 52 grados están inclinados los lados de la Gran Pirámide, 52 días (multiplicado por 7) tiene cada “ciclo cósmico” humano que, a lo largo del año (52 x 7 = 364) según enseñara Spencer Lewis, nos permite “acomodar” nuestras vibraciones a las del entorno para determinadas actividades; que 52 son, según las Actas Capitulares de las Logias masónicas de fines del siglo XVII los grados que deben estar abiertas las patas de un compás, y así podríamos continuar?

En cuanto al título, la “palabra cumplida” es como se ha vivido conforme a lo juramentado, es decir, con rectitud y honestidad.

Veamos entonces parte del contenido que se ha preservado:

“El objetivo de la sabiduría es abrir el espíritu y mantenerlo derecho en el camino de la vida, formando la inteligencia y sensibilidad para que se mantenga uno con el Universo, adaptándose a las formas de vida que permitan producir comportamientos y actos de solidaridad, autenticidad y verdad”.

“Actuar en la vía del perfeccionamiento permite cumplir acciones regenerantes. El individuo que progresa en la vida cumpliendo estas obras regenerantes se asocia en vida a Osiris, como Unen Nefer, “el ser perpetuamente renovado”. En la vida debemos renacer permanentemente y no estancarnos bajo ningún concepto”.

“Cada obstáculo de la existencia es una prueba, pero jamás una barrera. Ella contiene el poder que debemos integrar a nosotros mismos para perfeccionarnos, es decir, para superarnos. Este es el mensaje profundo y mágico de Osiris que cada Ser vivo debe imitar, y la vía de las máximas de la palabra cumplida opera como un bastón mágico que conduce a nuestras múltiples transformaciones”.

“El sentido de la vida del Aprendiz es devenir en un “Aj”, un “Ser de Luz”. Para ello, debe aprender a escuchar para que el texto sea útil y luminoso. En cuanto al insensato que no escucha no hay nadie que actúe por él. No pone al conocimiento mejor precio que a la ignorancia, a lo útil que a lo despreciable, y así vive estando muerto cada día”.

“¿Cómo obtener la sabiduría? Lenguaje tranquilo y reposado; no dar órdenes ciegas; no provocar reacciones belicosas; no ceder a la vanidad; la laxitud es condenable; no hay que reaccionar con violencia; tampoco conviene en una situación difícil refugiarse en el silencio; apaciguar la ebullición interior y no ser triste ni frívolo”.

“No oponerse estúpidamente a la acción de un “grande” porque esto aumenta su energía; no provocar en los demás acciones de furor u hostilidad, pues éstas perturban la energía”.

“Adquiere el poder dando, no tomando. Así se actúa en compañía del Poder Divino y tu Ka manifestará una fuerza auténtica. Nútrelo con el Amor dando Amor”.

“Antes de dar a alguien una enseñanza, asegúrate de que lave su vientre y purifique su corazón” (“Lavar el vientre”, que se le suponía asiento de pasiones e impurezas, significa reconocer al estudiante libre de malas intenciones antes de transmitirle las enseñanzas).

“Tenemos dos vías de relación con los demás, que pueden aportarnos bienestar o malestar. Si nos reunimos con nuestros prójimos a través del corazón nace la confianza, la convivencia, la fortaleza. Si nos relacionamos mediante el vientre, donde duermen nuestros miedos, obtendremos relaciones egoístas que nos tornan esclavos de nosotros mismos”.

“El ser perpetuamente descontento de todo es una desgracia para su entorno”.

“El sabio no debe prestar atención a ningún rumor, quien lo utiliza debe ser condenado. Un hombre de rectitud no se fundamenta en lo que no ha visto, oído y rectificado”.

“Si el superior es de confianza, hay que comportarse con educación y evitar conflictos. Si no es más que un pequeño tirano, hay que luchar. Hay que vivir en paz con nuestros vecinos, pues las querellas de proximidad son una desgracia”.

“Ser flexible y evitar el dogmatismo. Dar órdenes y dejarlas ir libremente sin rigidez y sin fijación. Una condición del éxito: llevar a cabo cosas elevadas. Ser lúcido en la fortuna y acordarse de que puede ser destruida en un instante”.

“Sólo podemos conocer a un individuo en la adversidad, en la dificultad de las pruebas. Allí aparecerá la verdadera naturaleza de su corazón”.

“Sumerge el corazón y ordena la boca (es decir, haz primero una profunda introspección y emplea luego las palabras adecuadas) y serás justo conforme a las leyes del Universo”.

Ameritaría cerrar este artículo señalando que, para el Iniciado, éste es también un verdadero libro de Magia. Porque para los egipcios, la magia consistía en ajustar nuestros actos a las Leyes Universales (las que formula el Kybalion), discerniendo la ley que servirá de punto de apoyo para iniciar una acción. Esta condición transforma la inercia de un pensamiento en acción creadora; hay personas –señalaban los egipcios– que saben enfocarse pero no ponen la energía creadora, no “despiertan su Ka”, y entonces actúan con mediocridad, rigidez y limitaciones, comienzan a multiplicarse acciones dispersas y confusas y así su energía se pierde rápidamente, sin mañana, sin futuro.

Cuando aquella mañana con las Pirámides a la vista, tomando un fragante té y reflexionando en las Máximas del querido Ptahhotep escribía a mano alzada estos apuntes fue cuando tuve la certeza plena, como un golpe de luz, que llevando la consciencia al corazón y siguiendo la ligereza de la pluma de Maat, la Justicia, desde nuestro propio mundo interior hacia el exterior es cuando (como escribiera el egiptólogo Fernando Schwarz) nos tornamos capaces de comunicarnos con las leyes del Universo.

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