Tepetzingo: la pequeña, desconocida Teotihuacán

He tratado ya en otros artículos, como “El Hoyo del Diablo” y “Asomándonos al Inframundo”, algunas de mis recientes investigaciones en el estado de México, siempre y gracias a la guía y apoyo del querido amigo e investigador Julio Víctores. No agotaré aquí las mismas, por cierto,

Desde un teocalli a otro, con el albardón como sendero

pero llegado es el momento de referirnos a uno de los puntos que

Desde un teocalli a otro, con el albardón como sendero

deben ameritar más atención (no solamente por parte de los historiadores o simples interesados; estoy pensando más bien en las autoridades) y con la mayor urgencia posible: Tepetzingo.

Personalmente traduzco este nombre como “el lugar de las ruinas pequeñas”, siendo “Tepetl” expresión aún hoy empleada coloquialmente para referirse a “montón de piedras” (en el sentido de “ruinas”), “tzin”: “pequeño” y “co”, “go”: lugar, todo ello, obviamente, en náhuatl. Y por cierto, comparando el sitio con otros muchos luygares arqueológicos en ese bello país puede resultar “pequeño”. Sin embargo, creo que es una perspectiva equivocada, por dos razones: (a) en Arqueología, como en otros aspectos de la vida, el tamaño no es lo más importante, y (b) una amplia zona colindante, abundante en marismas y mosquitos, seguramente oculta grandes extensiones de restos arqueológicos que redefinirían el uso del término “pequeño”.

El área donde trabajamos

Porque este sitio, sí, puede parecer pequeño. Y su similitud con la Gran Teotihuacán es casi un juego visual: dos promontorios, en realidad, “teocalli” (mal llamadas “pirámides”), de unos, hoy, treinta metros de lado y quince alto la menor y unos cuarenta de lado por treinta de alto la mayor, unidas por una calzada elevada. De allí, la comparación con esa Teotihuacán de Pirámide del Sol y de la Luna unida por la Calzada de los Muertos.

¿Ubicación?. Éste es el punto sensible: a un lado, inmediato a la construcción del nuevo Aeropuerto Internacional de México. Si bien el campo destinado a las pistas de aterrizaje

Boceto hecho sobre el terreno

termina, allí, a un centenar de metros, sería ingenuo creer que el crecimiento del movimiento colindante y la inauguración del mismo no provocará un alza especulativa en el valor de las tierras adyacentes y, por consiguiente, su parcelización, venta y construcción. Y penosamente ya he observado en la región como muchos particulares tienen dentro de sus propiedades ruinas arqueológicas y no solamente no las liberan para su estudio sino que las “refuncionalizan” para su beneficio personal.

Aquí presentamos una evidencia: en ruta a Papalotla, furtivamente –porque de aproximarnos abiertamente nos arriesgábamos a un balazo- tomé esta foto donde, a la izquierda del muro de

Un tepetl dentro de propiedad privada

ladrillo rojo y entre éste y el muro de bloques de cemento a la izquierda puede observarse, atrás y junto a los árboles, la elevación y la escalinata de piedra de un “Tepetl”, un sitio ceremonial ancestral, apropiado por un particular…

Fue así que una tarde con Julio nos dirigimos al sitio de Tepetzingo (observación casi a pie de página: es triste observar como, comentando éste y otros sitios con amigos mexicanos casi vecinos del lugar –residentes en la propia Ciudad de México, y hasta en poblados de las cercanías- simplemente los desconocían). El viaje no estuvo exento de cierto sabor local: muchos vecinos se oponen a la construcción del nuevo aeropuerto, y cuando nos aproximábamos por un camino vecinal un grupo de “comuneros” –en Argentina le llamaríamos “piquete”- armados con palos y machetes nos cerró el paso. Creo que nos franqueó el camino mi condición de argentino (parecían desconcertados de encontrar uno por esos rumbos) y la infalible evocación del mantram sapiencial: “Maradona, Messi, Fútbol”…

Gradas

 Ya en el lugar, lo dicho: un “montículo” –en realidad, bajo la hierba, arbustos y (debo insistir) nubes amenazadoras de mosquitos que se reían del repelente de insectos, un “teocalli”, como ya se dijo- y allí, en dirección a un segundo “montículo” más prominente ubicado a unos trescientos metros de distancia, lo que a primera vista parecía un albardón o elevación que les comunicaba por sobre la chatura del resto del paraje. Empero, cuando comenzamos a caminar por ese sendero improvisado, sorpresivamente un hallazgo (luego repetido metros más adelante, y más adelante también) nos hizo gritar de alegría: el “albardón” era en realidad un aterrazamiento artificial elevado sobre la llanura, comunicando ambos teocalli (como veremos en una próxima nota, ¿quizás parte de una serie de diques y muros de contención para el gran lago de Texcoco que entonces llegaba casi hasta allí?), evidenciado por escalinatas que aún conservaban el estuco original en algunos lugares, increíblemente (luego de centenares de años expuestos a los elementos) ¡con las coloraciones originales!.

Gradas

Observando en detalle, incluso se constata que esta “calzada elevada” no es una, sino dos, separadas aproximadamente un metro y medio por un canal o depresión interior sobre cuya función sólo podemos especular.

¿Cuál es la antigüedad del sitio?. Prudentemente, la fijamos en principio en el siglo XV,

Un «nomon» erosionado

contemporánea al Tlatoani Netzahualcoyotl, en cuyo Señorío estábamos. Pero me reservo la posibilidad que se anterior: hay muchas preguntas aún sin respuesta sobre las culturas que habitaron ese valle y alrededores del lago, y si por ejemplo, observan ustedes las fotos que aquí acompaño (obtenidas no lejos) comprobarán que una, posiblemente un “nomon” o referente arqueoastronómica y la otra, gradas en forma de escalinata de piedra en la montaña, presentan una erosión (más allá del deterioro) que no

Gradas

puede circunscribirse a seis siglos de existencia, toda vez que otros sitios arqueológicos cercanos de datación fehacientemente comprobada están en un ineludible mucho mejor estado de conservación.

Antigua escalinata de piedra erosionada

Esta nota tiene, por tanto, la razón de ser dictada por la urgencia: que historiadores, arqueólogos, autoridades, vecinos, estudiantes, la gente toda, intervenga en proteger el lugar para su mesurada y posterior exploración antes que las topadoras del “progreso” conviertan este artículo en una mera referencia literaria.

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