El refugio Nazi en Argentina menos pensado

Las miradas en retrospectiva que propone la situación global actual habilitan algunos ejercicios interesantes para el Ego. Por ejemplo, ése de darse la ocasión de volver a practicar la paciencia, la comprensión y la aceptación cuando “ese” dato, “esa” evidencia, pasa frente a tus narices y se te escapa en dos oportunidades. En este caso, la primera vez, allá por 1983 y 1984, cuando pasé, inadvertidamente, a no más de mil quinientos metros del lugar que describiré en este artículo y (por desconocerlo) perdí la oportunidad de una investigación reveladora y original. Y la segunda, ahora; ya que en cualquier otro momento, con esta información en mano pues me subiría a un avión o a un bus y viajaría a documentar en el terreno mismo, como gusto y acostumbro hacer en tantos otros de mis trabajos. Pero, cuareterna mediante, aunque quisiera deberá esperar una oportunidad futura. Y así me encuentro haciendo lo que suele resultarme un tanto decepcionante intelectualmente hablando, que es escribir sobre un lugar que no conozco cuando pude haberlo hecho. Humildades a cultivar.

La provincia argentina de Misiones es realmente paradisíaca (como, para ser justos, muchas otras de sus provincias). Clavada como una cuña entre Paraguay y Brasil, es casi una puñalada en dirección al corazón del Amazonas. La vegetación (por lo menos, donde la avanzada depredadora de la sociedad de consumo no se la ha llevado puesta) es exhuberante hasta atontar los sentidos, en un territorio que se eleva con sierras ocultas bajo el espeso manto de la selva pero que se muestra emergente en tantos lugares, algunos icónicos, como las Cataratas del Iguazú, otros no tanto, como la Sierra Central, los Saltos del Moconá y otros, alcanzando, como mucho, unos 800 metros de altura, lo cual no es gran cosa pero además de contribuir a la belleza del paisaje está muy por arriba de la planicie que habitualmente se considera a la selva. El espectáculo de esos verdes intensos con el color de la tierra, fuertemente rojiza, es realmente fascinante, diría nuestro amigo el señor Spock. Sin embargo no creo que sea la belleza turística lo que llevó ya a fines del siglo XIX y buena parte del comienzo del siglo XX a numerosos alemanes a emigrar a ese territorio y asentarse allí, instalando no solamente sus haciendas y aserraderos sino fundando colonias y pueblos. Ciertamente el clima en nada se parece al de sus tierras originarias: extremadamente caluroso y húmedo casi todo el año, con lluvias torrenciales propias de estación y apenas y precisamente gracias a esas elevaciones mencionadas, un poco de frescura en las noches.

No; las razones estuvieron sin duda más cercanas a la aventura y las ambiciones. Era un territorio incluso en disputas geográficas con los países limítrofes, siempre orillando -en ese entonces- la posibilidad de un regreso del conflicto bélico (recordemos que toda la región había sido escenario de la cruenta Guerra de la Triple Alianza, que en la década de 1860 enfrentó a un entonces pujante Paraguay con Brasil, Argentina y Uruguay, resultando en una masacre y destrucción de la que el noble pueblo guaraní quizás no ha terminado de recuperarse) pero siempre con la promesa disponible de sus inmensas riquezas en maderas y otros recursos y -digámoslo todo- un reservorio de trabajadores humanos tan ridículamente económico que era casi escandalosamente esclavista.

Las décadas fueron pasando y esos pueblos y colonias, a las que se sumaban el apoyo de inmigrantes de otras nacionalidades y muchos compatriotas fueron construyendo bellas ciudades como Posadas, su capital, atrayendo inversiones internacionales en turismo y creando parques nacionales de proyección mundial. Y también visitantes indeseables.

Cerca de las ruinas jesuíticas de San Ignacio (sobre cuya historia, así como las de Santa Ana y otras, ficcionadas, claro está, se escribió el guión de la recordada película “La Misión”) el escritor Horacio Quiroga construyó con sus propias manos una casita donde vivió durante casi toda su vida, sobre un recodo del río Paraná, un verdadero “balcón” sobre el mismo con una vista espectacular. En los años citados al comienzo andaba yo por esos lares dictando cursos en Posadas y mi fascinación por San Ignacio y ese escritor me llevó dos veces a visitar su casa, hoy convertida en museo. Desde allí, podía observar Teyú Cuaré, el promontorio cubierto de vegetación entones inaccesible que avanzaba aún más sobre el río. No lo sabía aún (si bien había sido mención en un aislado artículo de una revista porteña unos pocos años antes), pero bajo ese espeso manto, ahí, a mil quinientos escasos metros desde donde un yo mucho más joven e inexperto observaba, estaban los restos de la casa de Martin Bormann.

Así es como aún hoy se la conoce. Ya no está tan inaccesible: incluso un par de campañas arqueológicas dirigidas por el especialista Daniel Schavelzon, director del grupo de Arqueología Urbana dependiente de la Universidad de Buenos Aires, ha rescatado evidencias y material de un par de construcciones (y sí sabe que hay otras sepultadas en las cercanías, que no han podido ser aún prospeccionadas por cuestiones presupuestarias).

Teyú Cuaré.

Las versiones locales populares son interesantes: guadaban hace décadas el recuerdo que el criminal nazi Bormann, secretario privado de Adolf Hitler y responsable de las Finanzas del Nacionalsocialismo, habría logrado huir tras la caída de Berlín y se habría escondido en ese lugar. Lugar que ya con anterioridad arrastraba su propia historia de misterios; en efecto, Teyú Cuaré, en avañeé (el idioma guaraní) significa “Cueva del Lagarto”, porque desde tiempos ancestrales se decía que en una enorme y profunda cueva que se abre al pie del promontorio, sobre el río, habitaba un gigantesco reptil que tenía, en tiempos prehispánicos, aterrorizada a toda la región atacando canoas indígenas y devorando a sus tripulantes. Incluso, los aborígenes solían decir que en algunas ocasiones las propias barcazas de los jesuitas habrían sido víctimas de esos ataques. Hasta que en algún momento (suponemos del siglo XIX) un humeante y ruidoso barco apareció frente a la cueva. El monstruo, molesto, se abalanzó para dar cuenta del inoportuno pero sus colmillos y sus garras se estrellaron contra las planchas de acero del moderno buque, sin hacerle mella. Ofuscado y sorprendido, se hundió en las profundidades de su cueva para nunca más volver a ser visto…

Bien, quitemos provisionalmente a Bormann de la ecuación. Creo que estaría demostrado definitivamente (por el análisis de ADN de restos recuperados) que no logró escapar de Berlín y murió en el intento. Sin embargo, el mito popular nos está diciendo una gran verdad: que nazis ocuparon esas construcciones y que -aún más interesante- fueron preparadas con antelación para “alguien”, con seguridad un grupo pequeño pero selecto, que tal vez no llegó a ocuparlo. O sí.

La construcción que se puede hoy visitar está enormemente depredada, aún desde su “recuperación cultural”. Evidentemente, no hay protección y control. Se han robado maderas, azulejos, artefactos sanitarios pero aún así, lo hallado es interesantísimo.

Parte de los muros originales.

Comencemos describiéndola como una edificación atípica e incoherente. Los muros exteriores están hechos con rocas del lugar, pero apenas apoyadas y presionadas entre sí; no se empleó ningún tipo de concreto ni argamasa. Las paredes internas, en cambio, están hechas completamente de ladrillo. Dado que el ladrillo es fácil de comprar en las cercanías, ¿porqué no se hizo toda la construcción con ese material?. Aún más: tiene una pequeña terraza y una escalera que da acceso a la sala principal, ya que está construida en un terreno desnivelado. Sin embargo, la escalera no está al frente de la casa (como se supone que debería estar si se llega al frente por un camino) sino en un costado, más próxima al río (al que puede llegarse a través de un camino en pendiente). La “terraza” no mira al río, sino a un lado, a la selva impenetrable. Y aún más; a cierta distancia se construyó una tosca pero eficiente represa que, al empantanar aguas de lluvia, permitió que creciera una densa vegetación que oculta la visión de la casa y el camino, desde el río. No puede verse -salvo que uno penetrara en la selva sabiendo lo que buscaba- ni desde el camino que llevaba a la casa de Quiroga, ni a San Ignacio, ni si se pasara con un navío por el río.

Es evidente que los muros externos fueron construidos de esa manera para aprovechar la piedra del lugar, trayéndose los ladrillos estrictamente necesarios para los interiores (ya que facilitan instalaciones de cañerías y drenajes) y evitar las suspicacias y las preguntas incómodas que el tráfico de material de construcción desde un centro poblado hubiera originado. Pero se suman otros interrogantes. El baño era toda una delicia europea; con cómoda bañera, inodoro, lavado e incluso, elementos circunstanciales como portarrollos incrustado en la pared. Pero la ubicación del sanitario es por demás incómoda: habiendo lugar, fue colocado inmediatamente al lado de la bañera (donde todavía pueden observarse azulejos decorados); Schavelzon señala, acertadamente, que eso sólo puede tener una explicación: reducir la cantidad de tuberías, quizás no por una cuestión de costos, sino por el mismo motivo señalado más arriba: toda compra y traslado excesivo sería demasiado intrigante.

Hay detalles casi de una torpeza primitiva en la construcción y otros realmente exquisitos. Se me ocurre una explicación; la construcción basal, inicial, fundamental, fue hecha con instrucciones “a distancia”, por terceros -quizás sin demasiada consciencia de lo que deberían hacer, quizás con libertad para improvisar, quizás con expresas instrucciones de ser lo más discretos posibles- y luego hubo una “segunda ola” de construcción, ya con los interiores y detalles “europeos”. Pero lo irrefutable es lo que hoy forma parte de las colecciones del equipo arqueológico: monedas emitidas por los nazis estando en el poder y vajilla con la svástika grabada, entre otros hallazgos.

Sólo podemos especular, imaginar -y esperar con ansias- qué puede hacer en los otros sectores donde se sabe que también hay edificaciones pero aún no ha sido explorado. (Otra vez: pensar que estuve, no una sino dos veces, a menos de mil quinientos metros, y en tiempos donde la depredación del sitio no se había hecho sentir. En fin…)

Estos elementos dicen claramente que la construcción (está demostrado que no existía antes de 1930) fue ocupada, o bien durante la Segunda Guerra Mundial o bien inmediatamente después, por nazis. Y quien dice “inmediatamente después”, dice prófugos de la justicia. Y aquí debemos sumar otras evidencias:

Ya en 1924, el empresario e inversionista alemán Adolf Schwelm, fundador del hoy próspero pueblo de Eldorado (donde obviamente es un prócer local) deambulaba por el Paraná haciendo negocios, transportando inmigrantes, personal, en un barquito de su propiedad, denominado “La Svástika” (ver foto). Esto cuando menos y aunque resulte incómodo a sus biógrafos -que no lo mencionan- refiere a Scwelm como filonazi, ya que el Partido existía como tal desde 1920, y con ese símbolo como emblema (y ello, sin perdernos en especulaciones sobre la sociedad filosófica en la que se nutrió el partido político, esto es, la Sociedad Thule).

Aún hoy, los lugareños relatan historias de “cajas con lingotes de oro” que se dice estarían sepultados en las cercanías, de origen incierto. Este es sin duda el eslabón más débil de la cadena (siempre el señuelo infuso de un “tesoro perdido” atrae todo tipo de atenciones) pero es interesante comentar que hasta la caída del último gobierno militar, esto es, en 1983, el lugar era inaccesible en virtud de estar prohibido hacerlo por parte de las autoridades militares locales, Prefectura y Gendarmería. Como era habitual en esos tiempos, las órdenes se expedían pero no se explicaban. Y aún después de ese año, la policía local ordenaba retirarse a los primeros exploradores locales hasta que el tiempo -y la recuperación de la consciencia ciudadana que no debe obedecerse sin más ningún tipo de imperativo autoritarista- hizo que la atención en salvaguardar el lugar por parte de los uniformados cesara (es allí cuando el lugar, aparentemente, comienza a ser depredado intensamente).

¿Cuál sería la razón de esas prohibiciones? La especulación cotidiana sugiere que, dado que en ese punto el río Paraná tiene su cauce más estrecho, esto lo hace útil para actividades de contrabando, suponiéndose así que distintos efectivos militares podían estar implicados en el mismo y de esa manera tenían su “cabecera de playa” adecuadamente oculta y clandestina. Es posible, mas no probable, en el sentido que no se puede “probar”, no hay evidencias en ese sentido más que esos rumores, ni siquiera una denuncia formal. Ciertamente, la autoridad de tales efectivos en toda la región era tan absoluta que creo que se hace innecesario apropiarse de un minúsculo sector de terreno a esos efectos (que puedan llevar a cabo sin cortapisas ni encubrimientos allí donde les resultara más cómodo y literalmente a la luz de todo el mundo), aunque esa misma “improbabilidad” la termina haciendo imposible de refutar. Entonces planteo esta inquietud: ¿y si los militares, sabiendo de aquellas “leyendas”, se reservaron el paraje como coto de búsqueda para sus propios bolsillos?.

En trabajos anteriores nosotros mismos hemos estado investigando las extensas actividades del sádico médico nazi Josef Mengele en la región. Contrajo matrimonio en Paraguay, se registra su paso en calidad laboral en distintas localidades del interior de Misiones y, del lado brasilero y a pocos kilómetros de la frontera, en el pueblito de Cándido Godoi, sospechamos que ha llevado a cabo no tan secretos e infames experimentos genéticos (ver nuestro trabajo “¿Mengele aún vive?”). Basta observar un mapa cualquiera para advertir que Asunción, San Ignacio y Cándido Godoi literalmente están sobre una línea recta, muy próximos unos a otros.

Tubos de ensayo hallados en el lugar.

Es posible que Teyú Cuaré haya sido el primer refugio de Mengele al llegar (se han encontrado tubos de ensayo, lo que permite inferir que hubo mucho otro equipo de laboratorio y esto sería consistente con la presencia de Mengele, un experimentador obsesionado con continuar sus trabajos) , hasta que observó que la inoperancia y complicidad de las distintas autoridades le permitiría moverse con relativa libertad. Es posible también, que el propio Mengele lo haya mandado construir para alguien más, quizás para el mismísimo Adolf Hitler tras su hipotética huida de Berlín: el aceitado entorno de fieles al nazismo que ya desde los años 20 Schwelm y sus hombres fueron construyendo puede haber significado que este destino era alternativo al del sur argentino, ya sabemos, Bariloche y alrededores, o la mediterránea provincia de Córdoba y el Hotel Edén en  La Falda (ver “Nazis a la Caza del Grial”), donde se ha rastreado su presencia, quedando entonces este refugio para algunos de los otros jerarcas nazis fugados que sabemos lo hicieron hacia Argentina y se perdieron en la bruma del tiempo.

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