India: Ecos de un tiempo milenario

Hace un puñado de horas que acabo de bajar del avión. Veintiséis horas de vuelo (y eso, con la fortuna de una muy rápida conexión en Qatar) se necesitan para casi recorrer medio mundo y convivir, durante un mes y medio, con una cultura tan profundamente diferente de gente profundamente cercana.

Mucho hay para escribir sobre la India, y sin duda lo haré en sucesivas entregas. Permítaseme, casi como a título introductorio, simplemente desgranar recuerdos, vivencias, curiosidades que reuní casi con fruición de coleccionista. La excusa del viaje fue formarme en Ayurveda, una muy milenaria (más de cinco mil años registrados) filosofía que tiene un “canon” médico que está concitando la atención de profesionales de la salud de todo el mundo por sus resultados y simplicidad. Estás muy bueno eso del Ayurveda, cuando uno aprende que, con esa práctica, a los setenta años deberíamos estar en realidad apenas en la mitad de la vida y que la verdadera ancianidad comienza a partir de los noventa… Claro que entonces uno (también) descubre que para vivir tanto y con calidad es necesario entender la filosofía que subyace detrás de una tradición de diez mil años.

Diez mil años de historia. Eso tiene la India. Una cifra difícil de aprehender para naciones jovencísimas como la nuestra, de apenas doscientos años.  Una cultura que presenta interrogantes ante los cuales, por la –aparente- imposibilidad de encontrarles rápida respuesta (creo que el problema está en esa palabra, “rápida”, muy propiamente occidental: si no la tenemos al alcance de la mano, los occidentales la improvisamos) en ocasiones proyectamos nuestros propios prejuicios.

Por ejemplo, ante la “suciedad”.

Ciertamente, la India está plagada de basura. Hay lugares prolijamente cuidados, es cierto: lo he visto, por caso, en las plantaciones de té del extremo sur, o en la mágica Sarnath (sugestivamente una ciudad budista, creo que tiene que ver con esa filosofía). Pero, pongamos por caso, Varanasi (Benares), es imposible caminar por las callejuelas sin sortear a cada paso bosta de vaca, heces de perro en cantidades masivas y claro, cómo no, basura, en ocasiones en montones, en algunas esquinas. Es hasta risueño escucharles hablar de la importancia de acercarse a la Naturaleza y , por otro lado, ese desinterés en el impacto ecológico de su propio consumo.

Uno lo entiende mejor cuando se sumerge en el hinduísmo (religión dominante y multitudinaria en un país que se acerca a los mil trescientos millones de habitantes) y observa que los rige la “aceptación”. Sería un grosero error emitir un juicio con la formación cultural de Occidente. La aceptación subyace detrás del sistema de castas, sí, pero también detrás de un rasgo maravilloso del pueblo indio: su cortesía, amabilidad casi risueña en la timidez. Es imposible no sentir afecto por ellos, cuando te miran a los ojos con ingenuidad (me comentaba un nativo, que había

Varanasi

tenido oportunidad de visitar Argentina en una ocasión, que le sorprendía cómo nos prodigamos besos y abrazos, pero qué poco contacto visual sostenido tenemos con nuestros congéneres). En sus ciudades populosas, con un tránsito rayano en la locura, no presencié ni una pelea, ni una discusión callejera siquiera. Miento. Si vi una, tan simple y gestual que casi era risueña. Por lo demás, apenas uno sonríe, ninguno deja de mostrar sus espléndidas, blancas dentaduras en enormes sonrisas, acompañadas de ese balanceo tan típico y natural de cabeza en ellos, esforzándose en hacerse entender y entenderte, en orientarte y ayudarte.

Todo es “Karma”, y hasta el más analfabeto de entre ellos es un docto pensador de la espiritualidad. Es su aceptación del Karma lo que les lleva a aceptar con filosófica resignación las dificultades de la vida, y, en un extremo, no hacerse mayores problemas si las cosas no van bien en la vida. En todos lados hay malas personas y delincuencia, sin duda (no caeré en el místico error de sugerir que es un paraíso de la moral, porque no lo es) pero llama la atención como, detrás del inevitable, gracioso “regateo” de todo precio al hacer una compra cualquiera –que termina transformándose en un divertido momento, entre risas, golpecitos con el índice sobre el pecho del otro al contraofertar y un apretón de manos al cerrar el acuerdo… que siempre llega- sbyace una mirada repentinamente seria cuando, al sugerir uno que está engañando (con un precio, una sugerencia) responden: “No sos vos el que me está mirando…. Es Dios”. Y lo creen firmemente.

O en sus ritos mortuorios. Pude asistir, primero desde el río Ganges y luego desde tierra firme, aceptado por los presentes, un par de cremaciones. Pero la primera me sorprendió cuando pasaba una temporada en un “ashram” (un retiro espiritual). Imposible olvidar a ese anciano que con sus dos hijos llegó un día al ashram, sabiendo que le quedaba muy poco de vida y decidido a ejercer su derecho a elegir dónde y entre quiénes abandonar este plano. Lejos del morboso comercio alrededor de la muerte propio de Occidente, este anciano alemán estuvo unas semanas, las últimas de su vida, donde quiso estar, aceptando y firmando las conformidades legales para que se dispusiera de su cuerpo según su propia creencia.

Y una noche, falleció. En medio de un inacabable “mantram” (canto devocional) que era un verdadero arrullo, su cuerpo, cubierto de pétalos de flores, fue envuelto en un sudario blanco, transportado en una litera a un pequeño cobertizo al lado del mar, y consumido por el fuego de troncos de sándalo. Al amanecer, reducidos los pocos huesos resultantes a polvo, sus cenizas fueron arrojadas por sus hijos ahí mismo, al mar frente al cual se cerraron sus ojos. Estuve allí, colaboré en esa ceremonia, y es un recuerdo imborrable el de la dignidad de quien elige partir de la manera que quiere.

¿Porqué sus vacas son sagradas?. En parte, porque en su mitología primigenia, los dioses surgieron de un “océano de leche”. Pero también, porque la leche está en el sustrato mismo de su alimentación cotidiana. Pero la leche natural, “al pie de la vaca”, y sus derivados (por ejemplo, un tipo de manteca clarificada, llamada “ghee”), no la industrial (que, claro, a empujones de poderosas multinacionales, está extendiéndose por el país). Es tan común que en los pequeños poblados cada familia tenga su propia vaca que ordeña todos los días –sabiendo que esos dos o tres litros diarios que produce serán los que responderán a las exigencias culinarias a las que son devotos, no el producto de animales traumatizados en tambos bajo manipulaciones que les hacen multiplicar por diez su producción, con las toxinas propias de ese esfuerzo, producción que luego se “estirará”…. Pero no estoy contando nada que ustedes ya no supieran). En las ciudades, en cambio, es común que cada familia tenga, para los mismos fines, una cabra, y las verán ustedes tomando el fresco atadas en la puerta de los domicilios.

Las mismas vacas que se pasean tranquilamente deteniendo el tránsito en avenidas sumamente congestionadas, sin que nadie las moleste para que se aparten y muy tranquilas y relajadas ellas. O atravesando a paso cansino por el medio de una muchedumbre de todo nivel social reunido al amanecer para practicar libremente Yoga. O descansando en el rellano de una vivienda cualquiera, incluso con la nota de color de la ofrenda de flores que le hace la gente al pasar…

¿Y qué decir de los hospitales donde, también al amanecer, médicos, personal administrativo y pacientes que puedan hacerlo celebran una ceremonia de agradecimiento a la Vida?. ¿O los comercios –es riguroso entrar descalzo a todas partes- donde todo el piso es una gigantesca, cómoda cama, con colchón y sábana, donde comerciantes y clientes se sientan o recuestan para tratar el negocio a cerrar?

¿Y sabían que es allí, precisamente en esa pequeña ciudad que mencioné, Sarnath, donde hace dos mil quinientos años surgiò la tradición del “buda gordito”, ese que se pone en casa y se le frota la panza para atraer trabajo y dinero?. Cuánta gente, quizás con una sonrisa entre incrédula pero precavida, lo tiene en su vivienda ignorando que tiene lugar y fecha de origen. Aún hoy, una estatua dorada recuerda el nacimiento del mito.

Sirvan entonces estas breves y necesariamente incompletas líneas, que no rinden tributo a esos diez mil años de misterios, enseñanzas y contradicciones, como la oportunidad de brindarnos reflexiones sobre la conveniencia de aceptar la diversidad de pensamientos que pueden darnos otras perspectivas de la vida.

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