El relato del huracán

Hubo una vez un imperio donde los huracanes solían azotar sus costas. Quien más, quien menos, había sufrido o conocía a quien hubiera sufrido sus consecuencias catastróficas, y cierta gimnasia del horror se había instalado por generaciones. El imperio estaba rodeado por un montón de pequeños países, pobres, tan sufridos y desvalidos ante la furia de los elementos como los súbditos del reino. Y a través de los años, la crónica de ese dolor se había hecho una costumbre.

Pero cierto día, el rey de ese territorio avisó que se aproximaba un huracán distinto. Terrible. Monstruoso. Apocalíptico. Y todo el mundo, literalmente, puso sus ojos sobre lo que allí sucedería. Los canales de televisión de muchos países enviaron a sus cronistas más audaces a esperar el huracán a pie firme, y en los noticieros las “notas de color” (que donde vivirían los reporteros en esos días, que cómo estaban los supermercados, lo que ocurría con homelesses y perritos callejeros, el estado de los cocoteros) ocuparon los espacios de prime time de manera casi excluyente. Pasaban, también, otras cosas en el mundo en ese momento: terremotos y amenazas nucleares, suicidas con explosivos en remotos mercados orientales y mezquindades políticas locales, actos cotidianos de heroísmo doméstico y descubrimientos científicos; pero nada desviaba la mirada mundial del relato del huracán.

Y un día el huracán llegó. Trágico, como todo huracán. Doloroso y traumático para sus miles de víctimas y damnificados, como había ya sucedido tantas veces. Pero resultó ser sólo un huracán más. Espantoso en su dimensión que, después de todo, no era distinta a la dimensión de todos los huracanes. Nadie pensaba en los pequeños pobres países ya arrasados, porque todos esperaban el golpe en el imperio. Algunos lo explicaban: era el imperio, después de todo. Eran ciudades importantes, donde residían muchos connacionales de aquellos que lo miraban por tv. Como siempre, víctimas de primera clase y víctimas de segunda. Pero el relato del huracán resultó ser mucho más grande, desproporcionado, frente a la realidad. Y la gente se preguntó durante unos pocos días (porque siempre pasan cosas que vuelven a distraer la atención) porqué tanto preámbulo, tanta tragedia anticipada, tanto miedo metido en los pueblos. Algunos respondieron que se trataba de un rey precavido, responsable, que prefería exagerar la dimensión de lo ocurrido con tal de proteger a sus súbditos. Otros hablaron del negocio de los medios de comunicación, aunque tuvieron que admitir que si esa era la idea, no resultó tal negocio porque la gente, harta de siempre lo mismo llenando de manera aburrida las horas de televisión, se dedicaba a otras cosas.

Lo que la gente no sabía, es que el rey había decidido, tiempo atrás, entusiasmar a sus edecanes y visires, a señores de la guerra y otros secuaces, a reactivar un viejo programa de guerra metereológica. Se acercaban tiempos difíciles, y se necesitaban nuevas armas, no solamente más poderosas sino verdaderamente apabullantes en términos psicológicos. Así que desempolvaron aquellos viejos archivos y el veterano proyecto de guerra metereológica, plausible en tanto el mundo creyera que el planeta y su clima estaban de lo más normal y apacible y en nada molesto por la previa actividad humana, fue puesto en marcha. Pero aún no podían controlar algunos “daños colaterales”, frase a la que el rey y sus antecesores eran tan afectos, y el control de la dirección de sus experimentos era algo que aún se les escapaba. Así, un día el experimento se volvió sobre sus pasos. Hizo desaparecer a un par de pequeñísimos países de los que se habló poco y nada, y avanzó sobre el imperio. Si en el futuro iba a contarles a sus súbditos lo fenomenal de su armamento climatológico, era necesario que este pequeño experimento provocara, en tierra propia, el menor número posible de “daños colaterales”.

La solución era agigantarlo, darle una dimensión mediática tal que, para cuando pasara y se diluyera, el pueblo respirara aliviado, sintiéndose afortunado que, entre la tragedia y el dolor, la cosa no fue después de todo tan grave como se esperaba. Gracias a que el relato del huracán, y no el huracán, fuera el que alcanzara proporciones épicas.

Afortunadamente, estas cosas sólo ocurre en mi imaginación y esto es sólo un cuento.

Un comentario de “El relato del huracán

  1. MARIA EUGENIA MAESTRO dice:

    Tal cual, Gustavo! Oh casualidad precediendo un «terremoto» en Méjico… Tal vez esas grandes antenas que con sus microondas provocan el mismo efecto que el ultrasonido apuntando a lugares muy específicos hacia la lava (líquida) situada debajo de ciertos países que no les importan a los grandes imperios… Seguramente eso es imaginación también, nada tiene que ver con el gran corazón y lo buena gente que son estos «señores» que se creen dueños del Universo…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

X