Atlantes o americanos ancestrales: Heyerdahl tenía razón

Ya en un reciente artículo describí no solamente mi entusiasmo adolescente por la vida y obra del explorador, antropólogo y aventurero Thor Heyerdahl sino también sobre el aporte que el mismo hizo al conocimiento de las rutas intercontinentales en un pasado remoto, donde polinésicos, americanos y europeos habrían tenido contacto no admitido por la historia oficial. Desde la demostración con la Kon Tiki que el viaje transoceánico de América a Polinesia en balsa era posible, desde que los barcos de papiro Ra y Ra II demostraron la factibilidad que los antiguos egipcios hubieran cuando menos circunnavegado África y quizás llegado a América (la Ra II navegó hasta Barbados), nos animamos a pensar con otros límites y entre ellos, un eventual intercambio -o, cuando menos, contacto esporádico- entre Europa y América siglos o milenios antes que Colón ya no es risible, aún más allá de vikingos, Templarios o perdidos romanos.

Concretamente en islas Canarias, estudiando las pirámides de Güimar, Heyerdahl sospechó que las mismas eran demasiado “americanas” en su concepción, atreviéndose a preguntarse si no estaríamos en presencia de navegantes americanos precolombinos que pudieron traer su cultura y su arquitectura a Tenerife en algún punto de una arcaica línea temporal. Leyendo al noruego se percibe su imagen de civilizaciones del mar, donde las diferencias culturales y fronterizas eran sólo especulativas, cruzando los océanos en una y otra dirección de forma rutinaria a través d ellos milenios.

Fue en Tenerife, precisamente, donde tuve mi oportunidad personal de fortalecerme en el convencimiento que Heyerdahl tenía razón, no con un “descubrimiento” propio (pues como se verá el lugar ya es conocido) sino con una interpretación personal de ese hallazgo. Razón de -cuando menos- sostener que el poblamiento de las Canarias se había realizado (o había recibido un aporte cultural) desde el Oeste, desde Occidente. Heyerdahl sospechaba de americanos ancestrales; yo me permito arriesgar más y preguntarme si no se trató de Atlantes.

Antes de introducirles en esa interpretación personal que les señalaba, basada en un descubrimiento arqueológico fehaciente, permítame traer aquí la memoria de otro gran estudioso injustamente poco conocido: Albert Slosman. Matemático francés, nacido en 1925 y fallecido prematuramente en 1981 (a consecuencia de un simple accidente que, debida a la frágil salud que le acompañó toda su vida, le impidió recuperarse del mismo) fue un verdadero iconoclasta de la Arqueología tradicional. Brevemente, podemos apuntar que toda su vida trabajó en busca de evidencias en el terreno (recorriendo numerosas veces gran parte de África) tanto de la existencia de un Monoteísmo perdido desde el comienzo de las civilizaciones, como de las pruebas de un “cataclismo global” donde la Tierra invirtió su posición (habiendo estado, según sus recopilaciones, el Polo Norte en el actual Sahara), y en proceso del cual un continente, que identificó jeroglíficamente en monumentos egipcios como “Ahá – Men – Ptah”, habría desaparecido, aunque algunos grupos de sacerdotes, sabios y algo del pueblo pudo ponerse a salvo huyendo tempranamente, arribando a tierra cercana, lo que en esos textos se llamaba “Ta – mana”, y es la actual Marruecos. Entre los bereberes se conserva la tradición que sus propios antepasados procedían del mar, al Oeste, de una tierra perdida.

No abundaré (aquí, cuando menos) en las controvertidas tesis de Slosman, que ameritan estudiarse. Pero permítanme señalar que, si nos permitimos cambiar nuestro paradigma mental a la luz de esa leyenda beréber que he comentado, entonces la versión “oficial” de la Arqueología sobre el poblamiento de Canarias, sin dejar de tener su valor, adquiere otra dimensión.

Como ya he dejado escrito, el academicismo sostiene que la población original de, cuando menos, Tenerife (porque ya comenté que las distintas islas presentan tipos humanos diferentes) se debería a una antigua migración beréber (a tenor de las correspondencias entre éstos y los hallazgos antropológicos guanches). ¿Y qué pasaría si hacemos la lectura “al revés”, es decir, sostenemos que la correspondencia entre guanches y bereberes no es porque los bereberes hayan migrado a Tenerife sino porque una raza común llegó primero a Tenerife y de allí migró a África? Observen cualquier mapa: si se proviene de Occidente, antes de arribar a costas de Marruecos debe pasarse por Canarias.

Y vamos ahora al tan prometido hallazgo.

Fuimos allá con los amigos Josep González y el local, circunstancial guía, Leoncio Montes de Oca. Se trataba de ascender a un “roque” (llaman “roque” a los ductos de lava maciza que quedan de volcanes o chimeneas luego que la erosión elimine el recubrimiento pétreo) camino al pueblo de San Lorenzo. Allí, a la derecha del camino (a medida que nos alejábamos de la costa) se levantaba, no muy alto aunque sí, significativamente escabroso. Aún tenía complicaciones y dolores con mi esguince en el pie izquierdo, accidente colateral, un par de meses antes, de mi descenso a la Cueva de Los Tayos en Ecuador, de manera que al principio pensé que no me iba a ser posible subir al mismo. ¿El objetivo?. Ciertos petroglifos y “litófonos” que Leo nos había comentado había en la cima (un “litófono” es una roca que por su composición, fuertemente metalífera, como el “basalto campana”, tiene sones metálicos cuando se la golpea). De modo que allí se adelantaron Leo y Josep. Pero tras unos minutos de descanso, la sempiterna mezcla de orgullo y tozudez me dijo que, sí, que si me esforzaba, podría. Y arrastrando por momentos mi lastimado pie, me puse en camino. Costó (y dolió) pero mis compañeros de aventura pronto me vieron aparecer trepando como una araña lastimada entre las rocas.

Frente a lo que encontré, nunca me habría perdonado no hacerlo.

En la cima del roque, con el Este a mis espaldas, un grupo de rocas (una mayor al frente, dos menores a los lados) al ser golpeadas emitían verdaderas notas musicales en una escala tónica. Por un momento no pude dejar de pensar en una batería, con la distribución habitual de tambores y redoblantes para comodidad del percusionista. Eran los “litófonos”. Su función, evidentemente, o ceremonial o comunicacional, o ambas. Leo nos comentó que había otros, en distintos puntos de la isla, entonces pude imaginar todo un sistema de “telégrafo sonoro”, transmitiendo mensajes de un clan a otro. Por cierto, hay que admirarles el esfuerzo. Porque evidentemente esa roca no es natural de ese punto (la cima del roque). El resto no lo era, y sólo volvimos a encontrar esa clase de “basalto campana” al descender del mismo. Esto supone el inmenso trabajo de llevar cuesta arriba bloques de entre metro y medio de largo, ancho y alto hasta uno de tres metros por dos por uno. Imaginen el peso.

Litófono

Pero luego fijamos la atención en los petroglifos. Están al pie de la roca mayor, de modo que yo, los petroglifos, la gran roca litófona y el Oeste formábamos una sola línea. Aquí lo reproduzco pero, para mayor claridad, vean un cuadrado, atravesado por dos diagonales, sobre el cual se encuentra una línea horizontal arriba de la cual hay un semicírculo a imagen de un Sol saliente. Analicemos.

En general en todos los horizontes culturales (aún más en América) un cuadrado con dos diagonales cruzándolo (o más líneas rectas que pasan siempre por el centro) tiene, unívocamente, una interpretación: “mi casa” , “la casa del jefe”, “el lugar donde vivo”.

Petroglifo de casa de procedencia entre los arawaks de Cundinamarca

Los vemos, por ejemplo, entre los “arawaks” de la actual Colombia. Ahora bien, sobre él, la imagen del Sol naciente… o poniente. Y que es ésta la interpretación lo constata la ubicación cardinal de quien está de pie mirando el conjunto. Nuevamente, si miro los petroglifos a mis pies, y sobre “mi casa” observo el “sol poniente” y continúo elevando la vista, miraré hacia el horizonte, en el mar, donde con mucha aproximación se oculta el sol todos los días. Creo que la interpretación está muy clara. En ese lugar, sacerdotes, haciendo sonar las rocas litófonas, honraban a su lugar de procedencia: al oeste, hacia el lugar -los imagino- en el momento en que el astro rey se sumergía en el horizonte.

Y no se dejen engañar por la aparente “simpleza” de los mismos, sean que puedan suponer que resulten “cualquier cosa” o tal vez, trazos recientes. Su antigüedad está constatada. Y recuerden que en mi nota anterior sobre Canarias expliqué cómo el desarrollo ideográfico en petroglifos era marcadamente diferente entre las islas. Éste, de líneas rectas, es típicamente guanche.

El gran punto. ¿América, como sospechaba Thor Heyerdahl? (quien, por lo que sé, no conoció este punto específico que describo aquí). ¿O Atlántida?

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