Islas Canarias, tierra de enigmas

No tratará esta nota de agotar, ni siquiera de sumergirse exhaustivamente en los múltiples misterios que proponen las islas, en parte porque sólo me circunscribiré aquí a Tenerife, que es la que he recorrido (junto a los amigos Adriana Peralta Pedeferri y Josep González, a cuya dedicación debo la totalidad de mis vivencias y exonerarlos de sentirse cómplices de cualquiera de mis conclusiones) y en parte porque uno sólo de tales enigmas requeriría una dedicación y tiempo superlativos. Sírvase entonces considerar este artículo una sinopsis, algo así como una superficial “guía” para orientar la ilustración de lectores que no conozcan medianamente el lugar y -espero- entusiasmarles con la posibilidad (si la circunstancias lo permiten) de acercarse y conocerlas. De manera tal que iremos enlistando las metas de nuestro recorrido, con el firme propósito de regresar eventualmente a profundizarlo.

Para quien no ubique detalles geográficos, las Canarias son siete islas (Tenerife, Gran Canaria, Lanzarote, La Gomera, El Hierro, Fuerteventura y La Palma), sobre el Atlántico, a 97 kilómetros de la costa de Marruecos y a 1.400 km de España, que tiene jurisdicción soberana sobre ellas. Son las “Islas Afortunadas”, de antiguos griegos y romanos, y se las supone también el lugar físico del “Jardín de las Hespérides” (el de los doce trabajos de Hércules) y, como no, vinculada a la Atlántida. De todo ello vamos abundando en los párrafos siguientes.

Pirámides de Güimar

En Tenerife, más concretamente en cercanías del pueblo homónimo se encuentran las llamadas “pirámides de Güimar”. Más que en pirámides, uno inevitablemente piensa en los “teocalli” mexica del Ánahuac prehispánico. Y más que simples pirámides, en verdaderos centros ceremoniales.

Una de las seis pirámides de Güimar

Todo sea dicho: algunos estudiosos (estuve debatiendo este punto incluso con un amable contertulio en una reciente entrevista radial) son escépticos de su pretendida antigüedad. Invocan varias razones -una de ellas, profundamente sugestiva-: que no se encuentra descripción de ella en relatos del tiempo de la conquista española (a principios del siglo XV), que en alguna se han encontrado restos cercanos en el tiempo bajo el fundamento de alguna de estas construcciones. No es menor, sin embargo, la documentación reunida por el equipo de quien fuera su principal impulsor: el mítico Thor Heyerdahl, quien además fue el “factótum” del Museo de Sitio que se levanta en el lugar y que es realmente apasionante de recorrer y profundizar, pues trasciende el enigma de esas pirámides y dedica alas a explorar otros interrogantes, como la expansión transoceánica de pueblos polinésicos hasta América, los mismos maravillosos viajes de Heyerdahl a bordo de sus reconstrucciones de navíos de época (“Kon Tiki”, “Ra” y “Ra II”, por ejemplo). Debo hacer necesariamente aquí una digresión: el etnógrafo, antropólogo y explorador noruego es uno de los grandes personajes que he admirado desde la adolescencia, cuando con doce años leía, tirado en el suelo de baldosas de la vieja casa familiar en el porteño barrio de Saavedra bajo un sol rutilante de cierta primavera, precisamente su libro “Kon Tiki”, con la crónica de ese cruce en balsa, en 1947, desde Perú a la Polinesia. Si como he descripto en alguna otra oportunidad Erich Von Däniken me marcó con su “El oro de los dioses”, también lo hizo este libro y este científico aventurero, de manera que, por lo pronto, visitar el museo que ayudó a fundar, recorrer el sitio que tanto le apasionó y observar la documentada exposición de sus logros en la cálida tarde canaria ha sido, quizás, lo más cercano que he podido estar de él. Disculpen esta digresión personalista.

Otra pirámide

Una de las teorías -precisamente, la que califiqué como “muy sugestiva”- señala la posibilidad que aquellas hayan sido erigidas por un terrateniente identificado como masón, en el siglo XVIII. Especularíamos sobre qué llevaría a un masón a ordenar levantar, con esfuerzo e inversión, semejantes estructuras, pero las motivaciones (en estos tiempos de destrucción de las llamadas “piedras de Georgia”, también levantadas con inversión y esfuerzo por otras igualmente ocultas motivaciones) son a todas luces algo en lo que, de ser cierto, deberíamos detenernos a reflexionar. Con todo respeto a los “refutadores locales” (que los hay) sí no creo, ciertamente, que se trate de simples emprendimientos aterrazados agrícolas, y me explico.

Todo Tenerife está literalmente cubierto de “terrazas”. Recorriendo de sur a norte y de este a oeste la isla, medité mucho sobre el ingente trabajo a través de siglos que significaba, como dije, literalmente haber “aterrazado” toda la isla, tanto para crear más superficie de sembrado sobre el inhóspito suelo de lava como para servir de basamento a viviendas, consolidar el suelo ante deslizamientos provocados por terremotos, etc. Pero esto, lo de las pirámides, es “otra cosa”. No solo porque en muchos casos no se explica el esfuerzo, por ejemplo, de levantar a quince o veinte metros de altura varios niveles -generalmente siete- para ganar espacio de siembra, sino por detalles astronómicos de orientación y funcionalidad. Como he dicho ya en varias entrevistas: cualquiera que haya estado en Monte Albán o Cantona, en México, reconocería las similitudes. Quien no haya estado (y observé que algunos detractores de la antigüedad de las mismas ni siquiera conocían de oídas esos sitios arqueológicos) no puede estimar la sorpresa que esa similitud genera.

Panorámica del centro ceremonial

Si admitimos la “remota antigüedad” que el mismo Heyerdahl y su equipo de estudiosos le asignaban, ¿quieren fueron entonces sus constructores? Si miramos a los pobladores autóctonos, parece poco posible… en principio. Aquí debo compartir una sorpresa que mi propia ignorancia encontró en el terreno. Estamos acostumbrados a nombrar como “guanches” a los pobladores de las islas Canarias anteriores a la llegada de los españoles pero, en puridad, “guanches” eran solamente los habitantes de la isla de Tenerife, mientras que los autóctonos de la isla de Hierro eran los “bimbaches”, de La Palma “benahoaritas” y de Fuerteventura y Lanzarote, “majos”. Otro detalle importantísimo: no solamente la evolución social y tecnológica era bien distinta en cada isla (mientras en Lanzarote construyeron poblados y centros ceremoniales geométricos con paredes de piedra, en Tenerife simplemente vivían en cuevas). También es distintivo que se trata de distintos tipos humanos: más protomediterranoide en Lanzarote y Gran Canaria, más neandertalense en Gomera. Y, como si esto no bastara, distintos dialectos y diferentes tipos de petroglifos con los que se expresaban, indicativos de niveles de evolución cultural y social bien diferenciada. Pero la gran pregunta es, para mí: ¿cómo estando tan próximas unas a otras estas islas -sobre todo comparando esas distancias con la mínima hasta el continente africano, de donde se supone habrían provenido- no se influyeron mutuamente? Ello simplemente porque casi no tuvieron contacto: es muy interesante que todo apunte a señalar que si bien cada isla sabía de la existencia de poblaciones en las otras, no tuvieron mayor interés en interactuar, como si desde tiempos remotos desconfiaran o se excluyeran mutuamente. Y ello lleva a otra enorme pregunta: si como dicen los arqueólogos arribaron en algún momento alrededor del siglo V antes de Cristo, por mar obviamente, ¿cómo era posible que a la llegada de los europeos desconocieran absolutamente todo de navegación? Eran excelentes nadadores y pescadores, pero costeros. Y recordemos que si bien el Reino de Castilla sentó sus reales allá por 1402, ya griegos, fenicios y otros pueblos del mar le visitaban, según ciertos estudios, aún mucho antes que ese siglo V antes de Cristo que el academicismo adopta, tal vez desde el 1.000 a.c o más. Incluso, las visitas continuaron en tiempos de los vikingos y, claro, los españoles sentaron sus reales y la colonizaron. Hablando de “colonizar”, a los habitantes de La Gomera le llaman también “colombinos” porque esa fue la isla donde se detuvo unos días Colón en su viaje a América.

Esto abona la “presunción Atlántida”; suponer que las etnias primitivas en las islas son los remanentes supérstites del hundimiento de ese continente. Pero sobre esto regresaremos en otro artículo. Simplemente piénsese en esto:

  • Pueblos que llegaron por mar pero unos siglos después no solamente no habían avanzado en las artes de la navegación sino que las habían olvidado completamente.
  • Pese a la proximidad de las islas, ningún contacto entre sí.
  • Diferentes etnias, diferentes “escrituras petroglíficas”, diferentes niveles de evolución tecnológica.
  • En el caso de los Guanches, por un lado su primitivismo les había llevado a vivir en cuevas, pero, por otro, conservaban un altísimo nivel de organización jerárquica social (el “mencey”, o jefe territorial, dentro de su austeridad tenía la imponencia y garbo de un rey continental) y dominaban ciertas técnicas muy avanzadas como la momificación de cuerpos según el estilo egipcio, esto es, retirando las vísceras y conservándolas en recipientes independientes junto al cuerpo.
  • Y una interpretación personal de un hallazgo arqueológico que creo definitivo y determinante, y que explicaré en el próximo artículo.

Colón nos obliga a hacer una digresión. Se dice en estas tierras que el genovés se dirigía a América con conocimiento cierto de su destino, empleando un mapa templario que indicaba las rutas oceánicas de corrientes marinas para ir hacia nuestro continente al sur de las Canarias y regresar siguiendo otra corriente al norte de las mismas. No está de más recordar que Colón casó con la hija de un Caballero de la Orden de Cristo, portugués, heredero de archivos (y quizás también de iniciaciones) templarias (hacía sólo 150 años que los Templarios habrían sido “exterminados” y algunos historiadores incluso consideran que Pinzón, uno de sus famosos capitanes, lo era). Los Templarios habrían ocupado Canarias como escala de descanso y reabastecimiento en su propio periplo a América, y la estadía de don Cristóbal en esa isla no sería simplemente logística, sino posiblemente con la intención de recabar más información sobre el paso de los mismos. ¿Es la virgen pretendidamente negra de la Candelaria una críptica señal templarias? Tal vez, aunque tal vez tenga interpretaciones más “esotéricas”, a las que me referiré en una inminente, siguiente nota. Porque esto acaba de comenzar.

Escalinatas en una pirámide

Pero regresemos un momento a las pirámides…

Sé que sería mínimamente pedante especular y atribuirme respuestas a este enigma con una breve visita. Pero me permitiré, en cambio, acentuar algunas preguntas, especialmente de cara a quienes sostienen (sin ir más lejos, los catedráticos de la tinerfeña Universidad de Laguna) que se trata de “maniobras agrícolas tardías”, donde “los agricultores apartaban y amontonaban las piedras que liberaban de sus campos de labranza”.

¿”Apartaban las piedras”… y las ordenaban en perfectas, simétricas pirámides escalonada, incluso, con bien consolidadas escalinatas de acceso a la parte superior?. ¿”Amontonaban las piedras”, y en una de ellas dejan accesible la gruta subterránea (conocida como “Chacona”) al igual que en las ya conocidas pirámides mayas y toltecas, construidas sobre grutas naturales para aprovechar las mismas, ya sea con fines místicos, ya ceremoniales?.

Su simetría, su alineación astronómica con el solsticio, todo eso está ahí. ¿Cómo encaja entonces, las ulteriores “evidencias científicas”, como los pretendidos “restos más contemporáneos que se dice fueron hallados en el basamento de una de ellas?. Lo siento, desconfío plenamente: estoy convencido que esa “evidencia” fue plantada (antes de reírse; si ustedes saben cómo policías o miembros de la Justicia han plantado evidencias en escenas del “crimen”, ¿qué medirán? ¿Qué los sacrosantos científicos son incapaces de hacerlo, aún cuando las teorías que han defendido toda su vida -y sobre las que se construye su vida y su comodidad académica- estén en peligro?.

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