Cueva de los Tayos: lo que vendrá

El programa de tareas que cumpliremos próximamente en este sistema de cavernas puede deparar algunas interesantes sorpresas. Si no vas a acompañarnos, cuando menos entérate delo que haremos.

No deja de ser sincrónico -e impuso una revisión del texto de esta nota- que el mismo día que decido escribirla recibo (horas más tarde) la infausta noticias del fallecimiento del doctor Gerardo Peña Matheus. Fue el abogado de Juan Moricz, quien “denunciara” notarialmente el “descubrimiento” de esta cueva y su ¿leyenda?, luego amigo personal del mismo y difusor él mismo del enigma Los Tayos, además de haber participado en un par de expediciones con su mentor. Habrá quienes verán en esa sincronicidad una mera casualidad, pero un servidor ya se ha acostumbrado a estar atento a ciertos “guiños” cotidianos del Universo, implicancias que habrá que decodificar. O no.

Lo cierto es que el espíritu de esta nota apunta de explicar a quien interese en qué consistirá, cuál es la razón de nuestra incursión a Los Tayos, que cumpliremos del 21 al 25 de abril de 2022. Por lo cual, permítaseme hacer un poco de historia.

A nadie se les escapa (cuando menos, en el mundo de lo misterioso e insólito) la historia de estas cuevas en plena amazonia ecuatoriana, en tierras de la etnia Shuar, donde el citado Moricz dijo haber encontrado esqueletos de gigantes, una biblioteca de láminas de oro y una pléyade extraños artefactos y esculturas. Ya era conocido el asunto pero sólo en ámbitos especializados cuando aparece Erich Von Däniken y su libro “El oro de los dioses” (1972) y su relato (relato y no crónica, pues él mismo admitió haber inventado una supuesta visita a la cueva) estalló mundialmente. Luego vinieron sucesivas expediciones, siendo sin dudas la más famosa la de 1976 en conjunto por el ejército ecuatoriano y fuerzas inglesas, organizada por el investigador Stanley Hall y en la que participara Neil Armstrong. Y así, en medio de todo este movimiento, allí estuvo el argentino Julio Goyén Aguado, sobre el que tanto he escrito.

El punto es que mucho tiempo ha transcurrido, nuevos grupos han visitado el lugar, los Shuar ya no son lo que fueron y se ha “desangelado” bastante la historia. Por supuesto, cada tanto entra algún nuevo equipo que al regresar narra su propia historia personal, pero sobre lo que realmente importa (la “biblioteca” y las reliquias) nadie ha vuelto a saber nada. Y allí entronca con la historia el padre Carlos Crespi, de Cuenca, las historias de esas reliquias confiscadas, ora por el Vaticano, ora por el gobierno ecuatoriano, ora por los Masones, ora por los Illuminati… todo apoyado en relatos de terceras personas y especulaciones. En concreto, poco sabemos a ciencia cierta.

He seguido con pasión el tema a través de las épocas. Leí por primera vez “el oro de los dioses” en 1974, en mis mocedades, y juré investigar y estar en el lugar. Los derroteros de la vida (y más bien la amplitud de intereses de uno) me llevaron y trajeron una y otra vez, y debo a la investigadora argentina Débora Goldstern el haber reavivado episódicamente el entusiasmo con sus preclaras investigaciones bibliográficas y entrevistas. Todo ello me puso en algún lugar de cierto interés, habiendo podido conversar (y mucho) con Guillermo Aguirre -y ver sus tesoros- el biógrafo de Julio Goyén Aguado (a su vez, el “hijo espiritual” de Moricz); un Guillermo devaluado por muchos críticos, devaluación que sospecho más próxima a la frustración por el celo con que el mismo no cedía sus posesiones. Debo también al conocido investigador Alex Chionetti, amigo de mi adolescencia por demás, algún acercamiento al propio Goyén Aguado y su Centro Argentino de Espeleología, amén de los propios trabajos de Alex y finalmente, los caminos de la vida -como dice la canción- me llevaron por motivos profesionales numerosas veces al mismo Ecuador. Eso, y la tremenda calidez de los amigos ecuatorianos, desembocó inevitablemente en la constitución de un grupo propio y local de investigación (el GOT: Grupo Operativo Tayos) y disponernos a avanzar hasta donde podamos en el acertijo.

Pero a mi parecer no se trataba de ir sin más a la cueva. Les dije que ya no es lo que era: actualmente, hay tres pequeñas empresas que llevan gente a Los Tayos, brindando desde la guía, el equipo especializado para el descenso, los contactos y accesos a la comunidad Shuar) y si bien no es un flujo de turistas, calculamos que, sumando expediciones y visitas, unas 300 personas han accedido a la misma (turísticamente la cifra es nada; exploratoriamente, ya transforma esto en un destino de “turismo extremo” o “turismo aventura”) por lo cual no deja de causarme una sonrisa irónica cuando veo algún video en Youtube, o alguna crónica en cierto blog, que habla de su propia “riesgosa expedición”, de los “peligros y sacrificios que hay que superar” y -como no decirlo- la autoponderada “enorme suma de dinero” invertida que, les garantizo, no es ni con mucho para tanto. Es sólo una impresión, pero parece que hubiera allí una necesidad inconsciente de dramatizar y exagerar los méritos de un esfuerzo que, de todas maneras, es valioso por sí mismo.

He conversado con varias personas que han estado en esa modalidad en Los Tayos y, en mayor o menor grado, describen “experiencias espirituales”. No seré yo, ya lo saben, quien no acepte las mismas; aunque también no dejo de preguntarme cuánto puede haber de necesidad de autovaloración. Imagínate viajar, por ejemplo, de España a Ecuador y sumarte a uno de estos grupos y al regreso no tener nada para contar. El engaño inconsciente es posible. También es igualmente posible que las experiencias sean absolutamente reales.

Con todo esto en mente, pensé que nuestro criterio debía ser otro. En primer lugar, y antes de ir a la Cueva, responder esta pregunta: ¿es el misterio de Los Tayos una “anomalía histórica”, un alfiler enigmático clavado en la selva? ¿O pueden hallarse evidencias de un “marco cultural” geográficamente hablando, de culturas -u otros misterios- “por fuera” de la caverna y que pongan en otro contexto la misma?

Creo que esto ya lo hemos demostrado, con nuestro trabajo con los petroglifos de Katazhos y el “Gigante” de Loja. Entonces, ahora sí, llegaba el momento de ingresar -con todo ello en mente- a la Cueva.

Pero una vez allí, ¿qué haremos?

En esta incursión, durante tres días recorreremos el sistema “conocido” de la misma. Allí no está, ya es evidente, ni la “biblioteca” ni los “esqueletos”. En algún sentido se me ha preguntado, siendo esto así, cuál es la razón de ingresar. La primera -señalo- es “estar ahí”. Hacer algo que me resulta muy gratificante, una inspección “de visu”, para poner en contexto y en el terreno todo lo que uno ha leído, escuchado, visto en fotografías y videos. No puedo negar que la adrenalina deportiva también tiene algo que ver. Y además, soslayar las cínicas críticas de los “refutadores de sillón” que tal vez piensen que no hay “investigación de Los Tayos” si no se ha estado en Los Tayos.

Hay un segundo motivo. Hacer algo distinto. Y aquí explico el plan:

Como ya he comentado en otras ocasiones, tengo un método personal de investigación, que llamo “de tres patas”. Recabar información objetiva, subjetiva – objetiva y subjetiva estricta. Es decir, lo primero, los datos que la aparatología puede brindar: cámaras fotográficas y de video, magnetómetros, GPS, brújulas digitales y analógicas, etc.

Lo segundo, elementos de detección que dependen de la percepción humana. Estoy hablando claramente de Radiestesia. De modo que allí iremos con péndulos y varillas (“dualrods”) para mapear el lugar.

Y tercero, ahora sí, las “vivencias espirituales”. Tal como yo lo veo, debemos articular toda la información. Y ese “todo” incluye tanto lo que marca un aparato como lo que siente, en meditación o no, un caminante del lugar.

Pero es nuestra intención sumar algo original y un tanto extremo: una ceremonia de Ayahuasca dentro de la caverna. En la región el uso ritual e esta Planta Sagrada es muy común: aquí, lo que estamos evaluando es, como escribí, hacerlo dentro de la misma, entendiendo que así como su empleo en condiciones habituales permite el acceso a planos y contacto con entidades de ese plano espiritual, literalmente “en el inframundo” los planos, entidades y -espero- información sensorial será muy diferente. Un chamán Shuar y varios acompañantes – contenedores – vigilantes estarán presentes por seguridad y ante cualquier imprevisto.

Todo entusiasta en Los Tayos sabe que sus exploradores iniciales -Jaramillo, Moricz, Goyén Aguado- hablan de una “segunda entrada”, que se supone cerca al río y entrando en la cual, tras un trecho en apnea, se accede a la cámara con las reliquias. No se sabe que nadie más sepa de su ubicación y obviamente se duda de su existencia. La exploración de Los Tayos no estará finalizada hasta que no se encuentre, o descarte definitivamente, esa entrada. Pero para buscar “otra” primero debe conocerse la única que tenemos. Es por eso que vamos allí.

Seguramente, en el futuro volveremos a recorrer, no ya la caverna, sino exhaustivamente los alrededores para agotar todas las instancias.

Y un comentario provisoriamente final: ¿nos acompañarán otras personas, además de los integrantes del GOT (Evelyn Astudillo, Juan Pablo Naranjo, José Luis Garcés, Jorge Herrera y quien esto escribe) y los guías? La posibilidad está abierta. Ciertamente, esto no es un paseo dominical, pero siempre recibiremos con entusiasmo a quienes sientan el llamado de la caverna.


(Crédito de las imágenes: Wesley  Gómez)

Un comentario de “Cueva de los Tayos: lo que vendrá

  1. David dice:

    Muy interesante saber de algunos lugares que aún conservan lo mistico, lo ancestral, cuánto más habrá en otros lugares vírgenes aún por descubrir, pero todo mistisismo tiene sus riesgos y se tiene que estar protegido

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