Gigantes en Ecuador

Si bien me he extendido sobre este tema en un podcast ”Al Filo de la realidad” (convertido luego en videopodcast por los amigos de Mystery Planet), entendí que era interesante presentarlo como artículo escrito ya que muchos de nuestros lectores disfrutan aún (y afortunadamente) el placer de la lectura. Así que, sin detrimento que ustedes complementen a través de esas dos presentaciones previas esta información, vamos a abocarnos a describir en unos párrafos lo que considero uno d ellos desafíos intelectuales más conmocionantes que he enfrentado en los últimos años.

Debo admitir que, prejuiciosamente, siempre tuve una mirada escéptica sobre la cuestión de la existencia de gigantes en algún momento histórico, considerándolo más una contaminación judeocristiana que la posibilidad de encontrar evidencias reales. La mención de gigantes en la Biblia, a mí, que no soy creyente (por lo menos en ese libro canónico) no era invocable como “evidencia” -como sí suelen hacerlo los fundamentalistas-. Si a esto le sumamos que la mayoría de los intentos de investigación provienen de estudiosos norteamericanos (tales como los mostrados en la serie de History “Buscando Gigantes”, donde los hermanos Bill y Jim Viera recorren la geografía de su país tras “pruebas” de mayor o menor interés) y -siempre prejuiciosamente- uno tiene en cuenta la perspectiva fundamentalista cristiana que parecer matizar su sociedad, eso constituía la razón para no considerarlo de especial interés.

Juan de Velasco.

De manera que cuando la historia de antiguos gigantes en Ecuador (ese hermoso país de más hermosa gente, del cual el naturalista Alexander Von Humboldt escribió “Ecuador, el país donde su gente se divierte con tristes canciones y duerme tranquila sobre volcanes”) llegó a mi conocimiento hace años, no le presté demasiada atención: la primera es la de Juan de Velasco, jesuita ecuatoriano, quien destacó en su Historia Antigua del Reyno de Quito de 1789 que “Manta fue a principios de la era cristiana el teatro de la espantable raza de los gigantes” y detalló los tamaños espectaculares de esqueletos y huellas encontradas en las actuales Manabí, península de Santa Elena y en los territorios de los caranquis de Imbabura pertenecen a los mismos gigantes referenciados en los textos bíblicos.

La segunda contaba que el investigador austríaco Klaus Dona, autor de conocidos trabajos sobre Civilizaciones Desaparecidas, habría “descubierto” (el entrecomillado lo aclararé más adelante) en la provincia de Loja, la osamenta de uno de 7 metros de altura -cuando estaba vivo- parte del cual se exhibiría hoy en el Parque temático de Jungfrau, propiedad del conocido Erich Von Daniken. Algo sin embargo hizo trepidar en algún momento mi convicción que todo era un fraude: el querido amigo Ramón Navia-Osorio (del cual hemos ubicado en nuestro portal sus investigaciones sobre el “ser antropomorfo de Atacama”)  un caballero cuya palabra me merece la máxima credibilidad, y amigo personal de Dona, me participó que él había visto el material de mismo y estaba convencido de su realidad. Ramón también puede equivocarse, claro, pero sería hipócrita si no dijera que su certeza sumaba mucho.

De manera que cuando estábamos organizando los prolegómenos de algunas investigaciones en mi último y reciente viaje a ese país, mencioné a nuestro Grupo Operativo Tayos que me gustaría ratificar o rectificar cualquier información que pudiera recabarse en ese aspecto. Para mi sorpresa, en Ecuador apenas se sabía superficialmente lo mismo que cualquiera puede acceder por internet. Pero, puestos a trabajar, pronto el grupo -especialmente debo destacar el trabajo de Evelyn Astudillo, miembro del mismo- permitió ir sumando detalles más que interesantes.

Veamos. Loja es muy extenso. ¿Dónde, precisamente, debíamos enfocar nuestra atención?. Hoy lo sabemos: comunidad Guayurunuma, localidad Changaiminas, Cantón Gonzánama.  Evelyn logra establecer contacto con el ingeniero César Piedra, funcionario de la alcaidía local.

César es un profundo estudioso de la historia y geografía locales pero, sobre todo, un “caminante”. Ello no sólo le ha permitido conocer y descubrir rincones que sólo han visto unos pocos sino, muy especialmente, ganar confianza y familiaridad con los pobladores locales, siempre expuestos a ser expoliados por forasteros desaprensivos que llegan al lugar con fines de apropiación de lo que consideren de algún interés. Cauto, cuando Evelyn se puso en contacto con él aceptó que “esa historia es aquí -allí- conocidas por todos”, y que –“habría mucho que hablar”. Se disparó (al escuchar el audio correspondiente) todas mis alertas: él podría simplemente haber desestimado todo como una leyenda. No dijo que “sí”, pero tampoco dijo que “no”. Suficiente para que me empecinara en viajar al lugar.

De modo que allí fuimos con el equipo, y tras un ajetreadísimo, caluroso y polvoriento aunque apasionante viaje preambular (en el cual exploramos el enigma de los “menhires de Quillusara”) arribamos a Gonzánama donde conocimos y tuvimos la primera reunión con nuestro cicerone. Fue en esas instancias que se hizo evidente algo que luego nuestro nuevo amigo correspondió con una sonrisa: se nos estaba estudiando.

Y es lógico. Numerosísimos aventureros, oportunistas, buscadores fanáticos de lo insólito habían caído por el lugar, de modo que la conducta de César fue preservar en primer lugar la tranquilidad de la familia en cuyas tierras ocurrieron los hechos. Porque ocurrieron. Y esto aún, al recordarlo, me maravilla.

En resumen, fuimos a la vivienda de doña Lida, propietaria de la finca (92 años; ya quisiera yo llegar así a esa edad) quien nos recibió junto a su hija Antonia, parte de cuyo relato puede seguirse en el video que acompañamos. Y la historia es ésta:

A unos doscientos metros de donde estábamos sentados, a las puertas de su humilde morada, pasa una de las ramas del Qapaq Ñam, el “Camino Inca”, que en Ecuador ya presenta numerosas ramas transversales a las dos grandes rutas, el “camino de la costa” y el “camino de las montañas”. En 1964 un lugareño transitaba por el mismo para dirigirse a sus faenas cuando, a un lado y muy próximo, le llama la atención un gran “deslave” producido por torrenciales lluvias recientes, se acerca a mirar y ve “grandes huesos” sobresaliendo de la tierra. Entonces, hace lo que todo campesino sencillo de ese entonces haría ante algo extraño: corre a contarle al cura.

El cura a la sazón era el padre Carlos Vaca Alvarado. De él se dice que, a hurtadillas, era “huaquero”. Es decir, recorría lugares de presuntos “enterramientos” indígenas, recolectaba artefactos arqueológicos y los vendía en el mercado negro. Vaca reúne un grupo de pobladores, días después, y los lleva a cavar al lugar. Lida no participó de la excavación, pero sí de atender y dar de comer al equipo. Y es cuando extraen una osamenta literalmente completa, de un gigante de unos siete metros de alto. Cuenta ella y si hija que estuvo allí, frente a donde nosotros estamos ahora sentados, hasta que le dieron forma, dividieron en sacos los huesos y los cargaron en mulas para acarrearlos a la parroquia. Y cuenta Lida que el sacerdote “correspondió” a los hombres con unas monedas y un café con leche.

Dona habría conocido la historia del gigante muchos años después, y los pocos huesos en su poder se los habría comprado al padre Vaca. Por consiguiente, la historia de él haberlos descubierto no sería verdad, ya sea que asumiría la responsabilidad para preservar al cura de cualquier acusación penal por robo de patrimonio, ya sea para arrogarse una aventura que no le correspondería. Doña Lida cuenta que “otros gringos” llegaron años después y se llevaron algunos huesos que habrían quedado en poder de la familia así como de Vaca, entre ellos -sospecha el amigo e investigador Alex Chionetti- nada menos que Ianos (Juan) Moricz. Sí, el de la cueva de Los Tayos, un espectro que no deja de acompañarnos. Vaca muere a fines de los ’90, y la saga que habría custodiado los huesos hasta su muerte sería, entonces, falsa: los habría ido vendiendo a través de los años.

El propio César aporta un comentario sorpresivo. Cuando en un momento, en nuestras conversaciones iniciales, le preguntamos si él creía en la realidad del “gigante”, su respuesta fue: “Claro, si yo vi los restos”. Y nos amplía: cuando niño, colaboraba como monaguillo, precisamente, en la parroquia de Vaca. En una oportunidad, su infantil curiosidad le lleva a abrir una larga caja de madera con herrajes metálicos, donde ve lo que él, en ese entonces, toma como piedras. El cura, cerca, recibe la pregunta del chico sobre su naturaleza, y la respuesta del padre fue: “Huesos de difunto, hijo. Cierra eso”.

Por supuesto y a esa edad, César no podía tener perspectiva de lo que eso significaba. Pero, sin duda, marcó su vida, ya de adulto, para siempre. Parte de una de las charlas mantenidas con César, pueden verla a continuación:

A través del tiempo, entonces, algunos, aprovechándose de esta familia, se llevaron por unos pocos dólares algunas piezas. Sorpresivamente, aún conservan varias, fragmentos pequeños pero muy ilustrativos. Los tuvimos en nuestras manos. El tejido óseo es evidente. ¿De animales prehistóricos, extinguidos?. Tal vez sí, tal vez no. Pero uno de ellos se destaca. Tiene una evidente curvatura de un lado, donde es uniforme como una plaza, y del otro presenta el aspecto esponjoso. Parece parte de un cráneo. Por cierto, los lugareños -que llaman al paraje “El cementerio de los Dioses” dicen que aún faltan por descubrir las osamentas “de la mujer y del hijo”, casi con ingenuidad, dando a entender que se trataría de una “familia”, lo que quizás sea un nebuloso recuerdo generacional de un grupo de gigantes (no uno sólo) sepultados en la zona.

Inevitable mi pregunta: “¿Por qué no regresó el cura a hacer nuevas excavaciones?”. La respuesta, en cambio, fue conmocionante: “Todos pasaron la noche vomitando. Ni el cura quiso regresar después de eso”.

Conmocionante porque -Lida no tiene idea de ello- el vómito es el primer síntoma de envenenamiento por radiación, sea que queden secuelas o no (de hecho, en un próximo viaje trataremos de entrevistar a excavadores sobrevivientes aún y será pertinente hacer análisis de sangre y buscar evidencias radiactivas). Y, por supuesto, buscar esos rastros en el sitio del presunto enterratorio.

En la “trinchera” de la excavación original.

Acto seguido nos dirigimos al sitio donde aún se puede apreciar la “trinchera” de la excavación original. La misma, como se ve, tiene una extensión longitudinal de casi nueve metros. Es interesante (pese a que en este primer, tentativo viaje, todo tuvo más el rango de una “inspección ocular” y no estábamos debidamente equipados) que en los alrededores observamos algunos detalles interesantes. Por ejemplo, que en un par de puntos las brújulas se desviaban del norte magnético, claro indicativo de hallarse en las inmediaciones (o soterrado) “algo” lo suficientemente significativo como para perturbar el campo magnético.

Esta excursión en el lugar tenía un valor agregado interesantísimo. Ya dijimos que César es un profundo conocedor de la región (profundo por extenso, y profundo por respetuoso). Sus caminares lo llevaron a otra finca privada, a unos 6,7 km de camino sinuoso y terroso de montaña (y a no más de 3 km en línea recta del sitio que acabamos de describir). El lugar es llamado Cucure (no hemos podido definir la etimología del término) y jamás ha sido siquiera censado por organismos culturales y menos, arqueológicos. El propietario, muy mable, nos deja pasare para visitar lo que él llama “las piedras”. Y allí, en la pendiente de una colina, aparecen esto: una enorme cantidad de rocas, algunas talladas, otras no, todas de un término promedio de cuarenta por treinta por treinta centímetros -es sólo un promedio estimado- que tiene toda la apariencia de una construcción demolida, colapsada. Aún sobreviven secciones de muro, construidos al estilo “pirca”, de piedras trabadas entre sí, sin argamasa. Definitivamente, no es inca ni existe evidencia que otras etnias originarias de la región construyeran a esa escala. Una enorme colmena de abejas de la especie “Meliponini” hace incómodo transitar: son abejas sin aguijón pero que tienen pasión por enredarse en el cabello. En mi caso se llevaron una gran desilusión, pero la mayoría de mis compañeros, de abundantes cabelleras, tuvieron que dedicar buen tiempo a desembarazarse de tan molestas visitas.

Recorrimos buena parte de la extensa superficie cubierta por ese tipo de “derrame” de rocas, como se ve en las imágenes, y me llamó poderosamente la atención que introduciendo una rama por los intersticios, era evidente que por debajo de metro o metro y medio de los escombros había amplias oquedades. Si naturales o artificiales, será cuestión, más organizados, con equipo y más gente, mover algunas y despejar el lugar y la incógnita.

También era evidente que resultaba muy posible se tratara de una fortaleza o construcción defensiva: en un sector los muros corren paralelos, el interior más elevado que el exterior. Esto conforma una estructura defensiva tradicional, quedando un pasillo por donde hasta un punto pueden desplazarse los defensores y, en caso de llegar los atacantes al primer muro externo, la posición elevada del segundo, interno, da un ángulo de defensa y contraataque ideal.

¿Cuál era la razón de ser de esta edificación?. Especulamos que podría tener relación con el o los gigantes, especialmente por ser ajena al horizonte cultural conocido de la región y su gran proximidad al punto donde se encontraron los restos (decíamos en el grupo: “a paso de gigante, pocos minutos” ). Quizás área de vivienda y seguridad, para estar a resguardo de vecinos pequeños pero hostiles. Ignoramos la altura original de sus muros, y quizás algún día un buen trabajo de reconstrucción nos devuelva su aspecto original, pero imaginamos que de haber sido levantada por los gigantes debe haber sido, con poco esfuerzo, realmente inexpugnable por mucho tiempo para humanos normales. Claro que, a la hora de especular, podemos también suponer lo opuesto: que fue construido por humanos para vigilar y estar a la expectativa de los movimientos de gigantes asentados en la zona.

Pero, en conclusión, ¿quiénes eran esos gigantes, cuál su naturaleza? Es prematuro arriesgarlo. Las historias de gigantes en todo el mundo a través de toda la historia pueden sugerir que se trataba de una “raza” específica que fue agotándose genéticamente hasta desaparecer. Sin embargo, algunos detalles -como esas anomalías magnéticas, o el “síntoma radiactivo” de los excavadores pueden llevarnos a pensar en otra dirección. ¿Por qué no, seres extraterrestres varados en nuestro planeta? Y decimos que es “prematuro” porque, por lo pronto, bastante es, as nuestro criterio, haber encontrado evidencias de su existencia en Ecuador y, en lo personal, hacerme cambiar de opinión sobre su realidad histórica, más aún siendo un tema controversial dentro de un mundillo por demás controversial. Pero las pruebas están allí, aguardando a todos quienes quieran profundizar una seria y sincera investigación.

Por nuestra parte, pronto regresaremos.

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