Cuautémoc: el ejemplo ancestral

Los restos de Cuautémoc, en Ixcateopan

De cuyo nombre seguro más de un purista señalará salvedades ortográficas o lingüiísticas. De la historia, más de un ratón de biblioteca observará fechas, lugares y azares de las circunstancias. Pero poco importa, porque quiero contar una historia. Y como toda historia que vale la pena ser contada, los preciosismos de enciclopedia aventuran opacar la gloria de la enseñanza. Vaya para el mal llamado «emperador», Huey Tlatoani tenochca de los mal llamados “aztecas” (que nunca fueron tales) la saga aquí contada, el repaso de instancias de heroísmo y ejemplo que bien valdrían el brindis de una noche memorable.

El gran Cuautémoc, último Huey Tlatoani (Gran Jefe) de Tenochtitlán, cuyo nombre significa «el águila que desciende». Cuenta la historia que fue el último gran defensor de esa inmensa, increíble ciudad que a la llegada de los españoles era el corazón del Ánahuac.. Estratega de lo que la historia europeizante conoció como «la Noche Triste», cuando Cortés y sus hombres debieron huir de la gran ciudad mexhica amparados por las sombras y perdiendo, en el escape, armas, bienes, vidas.

Luego de la traición de Moctecuzoma –apedreado por su propio pueblo, lo que pone en claro que, a diferencia de Europa en ese entonces, donde los “reyes” se consideraban “divinos” e intocables, en América el Gran Jefe estaba mucho más cerca de la naturaleza humana al punto de sentirse su pueblo como pares y actuar en consecuencia- Cuautlihuac lo reemplaza pero fallece al poco tiempo de viruela. “Asciende” entonces, el águila que luego “descendería”; Cuautémoc. Éste decide sostener la rebelión contra el invasor: ordena ingresar subrepticiamente a Tenochtitlán armas y a sus guerreros disfrazados de comerciantes, campesinos, mendigos, travestis hasta la noche que desde la cercana colina –hoy colonia- de Koakalko, cuatro flechas encendidas arrojadas a los cuatro rumbos indica el comienzo de la rebelión. Aún hoy lo recuerda un canto:

“Montaña de Koakalko

Yo no te podré olvidar,

Porque allí fueron lanzadas

Cuatro flechas a luchar”

Iglesia original de Ixcateopan

Dos años tardó el invasor en recuperarse y nunca olvidar la sed de venganza. Porque si bien –temiendo una masiva sublevación– luego de recapturar Tenochtitlán, Cortés (primo hermano de Pizarro, conquistador y destructor del Tawantinsuyu… es imposible no ver una hilación conspirativa en esto) permitió que Cuautémoc siguiera viviendo con cierta autonomía en las proximidades, finalmente en 1526 y aduciendo un intento conspirativo lo captura, lo tortura (la famosa frase «¿Acaso estoy yo en un lecho de rosas?» se le atribuye a este nahua mientras sus pies eran quemados negándose a revelar la ubicación de los tesoros, dicha a uno de sus ministros que, torturado junto a él, le demandaba autorización para hablar en virtud del sufrimiento) terminando por ahorcarlo y desmembrarlo.

Seis de sus fieles seguidores clandestinamente reúnen sus restos, los descarnan y emprende un peregrinaje al pueblo natal del monarca, la perdida Ixcateopan, en un deambular de dos años a través de las sierras para despistar a los informantes. En este pueblo, y con una estrategia digna de las mentes más lúcidas de la “ingeniería social” contemporánea, se presentan al curita que tenía una penosa construcción de barro y paja como “iglesia” y… tres convertidos. Le expresan su más caro “anhelo”: convertirse al catolicismo. Imaginen la alegría del sacerdote: de golpe, un incremento del 200 % en sus estadísticas de conversión, si se manejara entonces con los criterios mercantilistas de hoy en díia. Bautizados y luego de celebrar con algunos allegados, vuelven a presentarse ante el clérigo para decirle que estaban tan agradecidos y emocionados… que querían construirle una iglesia nueva con sus propios recursos y trabajo. Imaginen al cura, sosteniéndose las faldas de la sotana para bailar de alegría: en un par de días, seis fieles más y, como cereza del postre, una iglesia nueva. Y sí, con el concurso de vecinos del lugar –después de todo, bien conocidos: la familia más importante de Ixcateopan eran los Chimalpopoca, precisamente, de la rama homónima de la esposa de Cuautémoc- levantan la iglesia que conocí en 2008. Lo que no le cuentan al cura es que una noche, bajo el altar mayor y en un gesto entre brillante y satírico…. Sepultan a Cuautémoc.

A partir de allí, de mes en mes, más “fieles” se acercan a esta iglesia, más gente concurre a veces desde lejanas

Objetos funerarios hallados

distancias. Los hombres de la iglesia se maravillan ante este “milagro”: lo que no saben es que, celosamente conservado el dato entre herederos del conocimiento ancestral, los concurrentes lo hacían para rendir tributo al Tlatoani.

La familia Chimalpopoca es, a través de los siglos, depositaria y “guardiana” del secreto y del lugar. Y esto sigue así hasta que el 2 de febrero de 1949 un Chimalpopoca, pasado de copas, le cuenta el secreto al párroco. Éste, escandalizado, da parte al obispo, el cual hace lo mismo con las autoridades y ellos al INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia, organismo autárquico que regentea las investigaciones arqueológicas). Escandalizada, la iglesia católica decide “desacralizar” el templo y erige otro, que hoy se levanta a unos cincuenta metros de distancia. Y entonces los movimientos originarios dijeron algo como “Ah, sí?. Pues ahora, el lugar es nuestro” y tomaron a su cargo la ex iglesia. Los restos de Cuautémoc están desde entonces dignamente exhibidos en un arca de cristal donde estaba el ara del altar, las imágenes cristianas fueron todas reemplazadas por imaginería indígena y la ex sacristía pasó a ser una sala –

Interior de la iglesia

exposición de los objetos encontrados en la sepultura del dignatario. Y una vez por año los kalpullis, los calmecac, las organizaciones y agrupaciones originarias, concurren a celebrar su legado.

Ese legado implica varias cosas. La voluntad y fidelidad para no ceder al invasor los restos tan preciados. La inteligencia de gestionar semejante “cover up” durante cuatro siglos. Y, sobre todo esa fortaleza de voluntad, ese temple más espiritual que físico sin duda, esa honra a la condición de guerrero que acepta impasible no estar sobre un lecho de rosas.

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