UMMO: ¿conexión extraterrestre en el Antiguo México?

Hombre saliendo del interior de un círculo concéntrico.
También encontramos esta representación de «hombres voladores» en Asia y en el Tassili N’Ajjer, en el Sahara.

Las jóvenes generaciones —o la gente madura advenida a estas temáticas alternativas en años recientes— quizás no tengan muy en claro quién fue, quién es, Erich Von Däniken. A fines de los sesenta y comienzos de los setenta, sin embargo, fue el autor que escribió libros como «Recuerdos del Futuro«, «El Oro de los Dioses», «Regreso a las Estrellas» y tantos más. Fue precisamente allá, por 1978, cuando realizadores alemanes produjeron un largometraje con el título del primero de esos libros. Yo tenía, apenas, veinte años. Y emocionado, fue allí, en la oscuridad de una sala de cine de Buenos Aires, cuando vi por primera vez a los «atlantes» de Tula. Aún recuerdo mi pensamiento: «Lo que daría por tocarlos».

Treinta años después, lo hice. Y no pude evitar pensar, con un dejo de humor, algo como: «Mirá, Däniken; llegué».

En La Venta, aparecen estas grandes cabezas olmecas,
de evidentes cráneos negroides (obsérvense labios, nariz, etc.).
Sin embargo, su casco lo asemeja más a un piloto contemporáneo.

Sé que lo diré de una forma poco académica, pero extremadamente vivencial. En todos los otros puntos de sabiduría, centros de poder que he conocido en México, las energías de esos lugares eran, intuitivamente, telúricas. Es decir, uno se siente en conexión con la Madre Tierra, percibe en el aire un foco de profundidad espiritual pero hermanado con el espíritu humano. En Tula es, decididamente, cósmico. Al caminar hacia el templo que en la lejanía insinuaba las colosales estatuas de esos «atlantes» (que, por cierto, son llamadas así hasta por los mismos arqueólogos oficiales sin que nadie sepa por qué se les da esa denominación) y dejar perder mi mirada en el desierto y los gigantescos cactus, la propia mirada es arrastrada hacia el límpido firmamento donde no extrañaría ver descender un OVNI rutilante. Y al mirar con detenimiento las imágenes, allí, sí, tuve que darle la razón a Däniken: en sus diestras empuñan «algo». La arqueología de salón los supone «instrumentos de culto» pero por cierto, la Arqueología etiqueta como «de culto» cualquier cosa que no comprende o que su obvio aspecto lo haga irreconciliable con el momento histórico que le atañe. Para mí, ya lo dije, es, en el mejor de los casos, un taladro eléctrico. En el extremo, un arma futurista.

Una de las manifestaciones de «un» Quetzacoatl.
Obsérvese su cráneo oblongo, que se repite en toda América adscrito a la naturaleza venusina.

El hecho es que era inevitable referirme a lo extraterrestre en esta serie. Más allá de lo que yo mismo he reflexionado sobre el particular a través de los años, y siendo un convencido de la presencia no humana en nuestras culturas antiguas, me era necesario chequear «in situ» esa sensación. Y la respuesta más sincera la tuve en un almuerzo con el amigo Marco Hernández (ya les hablé de él y el kalpulli «Koakalko») cuando, con una sonrisa, me dijo: «Muchos de estos conocimientos provienen de nuestros hermanos de las estrellas». ¡Bingo!, me dije.

No hace a este artículo fundamentar mi convicción en lo que se ha dado en llamar «neoarqueología», la disciplina que supone esa presencia exocogitante (no se asusten por el término; etimológicamente, significa «inteligencia procedente de otro planeta»). Sólo señalar algunas ideas que sobre el particular se me cruzaron en este deambular, y que se agolparon irremediablemente cuando caminaba por Tula.

Recuerdo haberme sentado al pie de una de las pilastras del «Palacio de las Mil Columnas» a meditar sobre el punto. Y recopilando:

Un «dios» (¿es necesario recordar que no eran politeístas?)
«conduciendo» en el interior de un Gran Pájaro. ¿Metáfora de aparato volador?

– Las «armas» de estos atlantes. Recordemos que Tula fue centro del Segundo Imperio Tolteca que aún tantas respuestas nos debe, entre ellas, el significado primero de la genealogía de los «quetzalcoatl» y su origen ¿venusino?. Porque a un Quetzalcoatl (no sé si a Ce Acatl Topitzin Quetzalcoatl, es decir, «el» quetzalcoatl histórico que habría nacido en el barrio Amatlán de Tepoztlán) se le asocia con ese planeta y, cuando es así, se le representa con el cráneo exageradamente alargado, un «conehead« de olor sospechosamente extraterrestre.

– Por otra parte, las reiteradas representaciones de «indígenas» más que montando pájaros, conduciéndolos, es decir, reposando en sus vientres con las manos apoyadas en una especie de caja de instrumentos. O emergiendo del interior de círculos concéntricos.

La tumba del «escándalo danikëneano».
Sin duda es Pacal, pero… ¿saber su nombre y lugar en la historia lo hace menos extraterrestre?

– Y el inefable Pacal, el rey-sacerdote de Palenque, ya saben, el silencioso habitante del templo que es representado en la losa sepulcral como en el interior de un cohete, la mano apoyada en una especie de palanca y un «respirador» conectado a su nariz. Pacal fue histórico y conocido pero, ¿alguien sabe que se haya realizado un estudio genético de sus restos? Y, de todas formas, el enigma de la representación de su lápida le sobrevive.

– Seres evidentemente no nativos. Cráneos gigantescos, o negroides con casco de piloto. Por cierto, es un hecho que el Anahuac fue en épocas pretéritas nudo de comunicaciones e intercambio de africanos, seguramente egipcios y orientales así como de americanos del sur (de la presencia aymara en esas tierras, escribiré en otra oportunidad).

Desde la pirámide de la Luna, la Calzada de los Muertos.
A la izquierda, la pirámide del Sol.

– Los secretos aún no revelados de las grandes construcciones. Teotihuacan, «lugar de los hombres con esencia divina» (ya aclaré lo equivocado de la traducción popularizada de «lugar donde los hombres se convierten en dioses»). Bajo la pirámide del Sol, al igual que en la de Keops, la cámara del Caos. En sus proximidades, cámaras subterráneas recubiertas de mica, jaulas Faraday más propias de un centro de investigaciones electromagnéticas que de un ancestral lugar de culto y habitacional. Y ese efecto de la pirámide…

Gustavo Fernández realizando en la cumbre de la pirámide del Sol la vivencia de referencia.

Me lo habían sugerido: cuando llegara a la cima, debía repetir lo que había experimentado en Teploztlán (ver AFR Nº 185) es decir, aproximar con los ojos cerrados, mi entrecejo a un extraño y pulido disco de metal que se encuentra en el centro (algunos lo suponen una larga barra metálica enterrada en el edificio). Lo hice, esperando un efecto similar (de desplazamiento del cuerpo astral)… pero ocurrió otra cosa.

De repente, el bullicio de los turistas se eclipsó. Silencio. Sólo el viento. Y ya no estaba yo allí, sino de pie junto al borde de la cúspide de la pirámide, mirando hacia abajo. Es obvio: sí estaba físicamente en el mismo lugar, pero no «en esencia». Teotihuacan, después de todo. Estaba de pie junto al borde de la plataforma, observando un grupo numeroso de personas que, allá abajo, e encolumnaban hacia la esacalinata. Los sospeché indígenas, pero no puedo afirmar que en mi visión así los haya identificado.

Templete frente a la pirámide de la Luna.
Obsérvese su semejanza con el pectoral de los «atlantes de Tula»

Abrí los ojos. Regresó el ruido, las voces, las risas. Y yo de rodillas frente el pulido disco de metal. Lo repetí una y otra vez. Una y otra vez, el mismo resultado.

Allá en Tepoztlán, mi cuerpo astral, colijo, se había desplazado algo, muy poco, en el espacio, fuera de mi cuerpo físico. Aquí, ¿lo hizo en el tiempo? No sé, sólo formulo preguntas.

Regreso con el recuerdo a Tula, a sus gigantes, al extraño emblema en sus pechos.

Uno no puede menos que recordar los «moais» de la isla de Pascua.
Al igual que otras de las imágenes, ésta se encuentra en el Museo Nacional de Arqueología e Historia.
Su reunión, como debatiendo, hace pensar en un artista que efectivamente vio de cerca una raza no humana.

El mismo diseño enmarca una pequeña plaza, un zócalo frente a la pirámide de la Luna en Teotihuacan. Y otra vez el recuerdo de la pregunta, una de tantas, en aquel cinematógrafo de 1978: ¿no es acaso el emblema de UMMO, el extraño affaire de una supuesta colonia de extraterrestres que desde 1952 en la Tierra hacían llegar extraños comunicados científicos a cientos de corresponsales en todo el mundo? Más aún. El parecido con el emblema ummita no es fidedigno en las estatuas reconstruidas, pero asombrosamente idéntico en la única que permanece casi intacta desde las profundidades del tiempo. Ya sé; otros investigadores han «probado» que UMMO es una falsa saga, un posible experimento sociológico de oscuros manipuladores. En puridad, deberíamos decir que, en todo caso, el ingente material sobre este apasionante asunto —al que prometo dedicarle todo un número de «Al Filo…», en parte porque recientes generaciones de allegados a estas temáticas lo desconocen completamente y en parte porque creo que no está completamente agotado— pero no puedo menos que señalar la extraña semejanza. Y propongo para UMMO otra teoría, que sería, mas o menos, ésta:

Estudiando un «atlante».
Obsérvese el pectoral, símil el emblema de UMMO.

Una sociedad secreta, esotérica, existe desde la más remota antigüedad sin solución de continuidad a través de la Historia. Estuvo en los inicios de las civilizaciones, hermanando el mismo Conocimiento, las mismas filosofías, en geografías distantes. Y sabedora de su proyección a través de los siglos, deja pistas para los dueños de buen entender. La misma sociedad secreta que entiende ha llegado el momento de comenzar a provocar «saltos cuánticos» en la percepción del conocimiento por parte de la especie humana. Una sociedad que, entonces, genera un «bluff» (el asunto UMMO) para generar inquietudes, interrogantes, búsquedas, avances (la empresa electrónica del ya fallecido ummólogo Rafael Farriols desarrolló con éxito varios aparatos en base a la información «ummita») a la vez que acude a símbolos que hagan sospechar a algunos buscadores (nosotros, por ejemplo) sobre su presencia…

3 comentarios de “UMMO: ¿conexión extraterrestre en el Antiguo México?

  1. cris dice:

    a me da la impresión de que el creador del el caso ummo se fijó en el emblema y se aprovechó de el.es evidente que esas ruinas son de lo mas interesantes y siempre habrá gente que lo aproveche de forma inadecuada

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