LA TOLTECAYOTL (Sabiduría Tolteca) EN TIEMPOS DEL MIEDO (2) ¡OKACHI, OKACHINEPA!

Cuentan unos nietos cuyos abuelos fueron nietos de ciertos abuelos que contaban que, mucho tiempo atrás, había una aldea junto al mar sometida a las inclemencias de la naturaleza. Luna tras luna era azotada por vendavales, o violentas marejadas llegadas del océano derribaban chozas y puentes. Cansados de reconstruir una y otra vez, decidieron abandonarla y emigrar. Reunidos en el mercado del poblado, uno propuso hacerlo a otra aldea, situada a muchos soles de viaje. «Es demasiado lejos» –argumentaron algunos–. «En la travesía morirán nuestros ancianos, quizás algunos niños!».

«Es verdad –le respondieron– es una tragedia; pero es por un bien mayor». Y estaban en discusiones sobre cuándo y cómo partirían cuando de una mísera choza en la periferia del pueblo salió una abuelita. Enjuta, llena de arrugitas, se abrió paso a codazo limpio entre los guerreros, se plantó en medio de la muchedumbre y dijo sólo dos palabras:

«¡Okachi, Okachinepa!»

Y cuentan que la multitud se miró, avergonzada, y volvió a levantar chozas y reconstruir puentes.

Y cuentan los nietos de otros abuelos que supo haber otra aldea, donde día a día la naturaleza asolaba con sequías y cuando éstas no, diluvios que inundaban los campos. Y cuando secaban y araban la tierra para ganar su magro sustento, una nueva sequía quemaba las plantitas mustias, y volvían a empezar. Así, año tras año.

Agotados, decidieron abandonar todo. Alguien contó de otra aldea, tierra adentro, donde les acogerían con la condición de que trabajaran como sirvientes. Pero allí no había ni terribles lluvias ni largas sequías. Y el pueblo, reunido, deliberó. Alguien dijo: «Pero, ¡viviremos como sirvientes toda nuestra vida». Y le respondieron: «Sí, es triste. Pero comeremos y beberemos bien toda nuestra vida».

Y así, estaban organizándose para migrar, cuando desde lo alto de un promontorio que lindaba con la aldea salió un abuelito. Gordito, de baja estatura y gran sonrisa, miró a todos y sólo les dijo dos palabras:

«¡Okachi, Okachinepa!»

Estatua conmemorativa de las Ancianas Abuelas.

Y todos recogieron los instrumentos de labranza, y regresaron a arar la tierra, a sudar, sembrar y esperar.

Y cuentan otros abuelos que, cierta vez, llegó allende el mar un extraño invasor. Tenían piel de hierro y trepaban a extraños animales de cuatro patas pero, lo peor, es que tenían palos que vomitaban fuego, trueno y muerte. Y les habían avisado a los habitantes de otro poblado que se acercaban. Reunidos, deliberaron qué hacer. Y decidieron rendirse. «Pero –dijo alguien– asesinarán a nuestros ancianos y guerreros, violarán a nuestras mujeres, esclavizarán a nuestros hijos».

«Es probable –le respondieron– pero algunos se salvarán. Es por un bien mayor».

Y en eso estaban cuando de otra minúscula choza salió otra abuelita. Muy delgada, puro nervio, se abrió paso y, plantada en el centro, les gritó sólo dos palabras:

»¡Okachi, Okachinepa!»

Y cuentan que todos se miraron entre sí, sonrieron, buscaron las pocas armas que tenían, palos y piedras, y partieron a enfrentar al invasor. Y habrían de pasar los siglos, para que los nietos de otros que fueron nietos de ciertos abuelos, nos revelaran el significado de esas dos palabras. Porque OKACHI, OKACHINEPA simplemente significa:

«¡Aún no! ¡Un poco más, un poco más, todavía!».

Cuando sientas que las circunstancias te superan, que te sientes impotente ante las dificultades, que tus brazos caen de cansancio, cuando sientas que ya no puedes más, sólo grita, grítate:

¡OKACHI, OKACHINEPA!

Y sentirás que a través de este grito sagrado sostenido por generaciones de guerreros y guerreras, la fuerza regresará a ti.

Porque esto es Huehuetlatolli, Palabra de los Ancestros.

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