La historia del Laberinto de Cuarzo de Capilla del Monte

Laberinto de cuarzo con el Cerro Uritorco de fondo.

Acercándose una nueva fecha de llevar nuestros grupos allí para trabajar con este Laberinto y otras actividades, es oportuno y sin duda cálidamente nostálgico recordar como nació todo. Nostálgico porque, mágicamente, fui parte de ello.

Allá por el año 2002 conocí a Carlos Lusianzoff, miembro de la familia propietaria de Pueblo Encanto y -entonces- Guardián del lugar. Sabía de mi trabajo y me contactó para que hiciera una evaluación del que luego se llamaría «Pucará del Uritorco»; para entonces y de su propio bolsillo, él había ya encargado a profesionales el relevamiento arqueológico pero necesitaba una mirada parapsicológica. Mis visitas al lugar, atrapado por los misterios que casi semana a semana el lugar nos iba revelando, hizo que forjáramos con el tiempo una sólida amistad. De carácter duro e intempestivo, Carlitos (como lo llamamos aún hoy en familia) tenía un corazón tan grande como su voluminosa anatomía. Compartimos grupos, actividades pero también charlas interminables y reuniones familiares; en ese devenir, descubrimos que teníamos pareceres muy próximos en cómo trabajar lo espiritual y chamánico.

En una ocasión le comenté que el lugar, paradisíaco como es, necesitaba un Laberinto de piedras (insto a los lectores a profundizar -si interesa- lo que resulta el mismo como herramienta de trabajo espiritual) Su respuesta fue expeditiva: «Adelante Gus. Diseñalo y lo hacemos».

Pensé en una planta de «doble torque» (la que actualmente presenta) sencillo en su recorrido (para complicado, ya teníamos cercano el Laberinto de Los Cocos) y seleccionado el lugar, que sirviera para introspección de quienes supieran trabajarlo. Observarán en el terreno, por ejemplo, que comienza sencillo, se dificulta al avanzar su recorrido (como la vida) y que si bien es cómodo, al final, cuando casi estamos cruzando la meta, accidentalmente nos puede hacer tropezar (sí; también como la vida). El total del recorrido, ida y vuelta, es de 452 metros. Sumado pitagóricamente, resulta en 11: Número Maestro. En fin, una serie de detalles que se explican -y trabajan- cuando estamos en el terreno.

Le entregué a Carlos los diseños y pasaron meses; di por sentado que era otra idea entusiasta que quedaba postergada vaya a saberse hasta cuándo. Pero una noche mi celular suena (no existía Whatsapp por esos tiempos):

  • – Hola tigre!. Podés venirte unos días?
  • – Siempre, claro -respondí- Y ahora tengo unos días tranquilos. ¿Algún plan, en especial?
  • – Sí -dijo escuetamente- Mañana llegan los camiones.
  • – ¿Qué camiones?
  • – Los que traen los cuarzos
  • – ¿Qué cuarzos?
  • – Con los que vamos a hacer el Laberinto. Si lo vamos a hacer, lo hacemos bien.

Ocurrió que el delirante de mi amigo, enterado que había aparecido un «reventón» de cuarzo detrás del cerro Uritorco y buscando acopiar algunos, se entusiasmó con la idea de hacer todo el proyecto de ese material. No había en la región cuarzo suficiente; sus contactos le avisaron de afloramientos cuarzíferos en la provincia de Neuquén y esos meses habían pasado en tratativas, compra y -ahora- traslado de las piezas, en algunos casos, como se ve, enormes.

Así que dos días después desembarcaba yo en Capilla del Monte y allí me esperaba una verdadera montaña de cuarzos blancos, azules y rosados de la más variopinta dimensión. Así que ocupamos otros tres días en diseñar a tamaño real la planta del Laberinto, clavar estacas, delimitarlo con cordel, distribuir el octógono externo de pilares de madera con cuarzos en sus partes superiores, un detalle que algunos «maestros y maestras» que van al lugar a exhibir sus conocimientos parecen no haber advertido, así como no advertido que esos trozos de cuarzo elevados quedan en un plano horizontal a la altura promedio entre el chakra coronario y el plexo solar de casi toda la gente. Como no advierten que todos los trozos de cuarzo no están directamente colocados sobre el sueño, para evitar que su energía se descargue, sino sobre rodajas de madera, madera que reunimos cortando árboles que habían sido acumulados para leña.

Fueron días de mucho trabajo. Pese al equipo de trabajadores que Carlos había desplegado en el terreno, todos paricipábamos con esfuerzo y sudor, además, chequear radiestésicamente los distintos pasos de su erección, cuidar las medidas (¡cómo hubiéramos deseado contar con un dron, maravilla entonces inalcanzable!). Y ahí está.

Hoy, Carlos ya no está con nosotros, pero los recuerdos, su voz estentórea, las anécdotas compartidas siempre nos animan a recordarlo con una sonrisa y un brindis. Sirva esta nota,entonces, no solamente para honrar su memoria sino su esfuerzo y pasión: que el Pucará, el Laberinto y el Castillo de Pueblo Encanto se conservaran como legado para las nuevas generaciones. Aún frente a la mezquindad y envidia de algunos en la zona que eligen baldar su recuerdo por el sólo hecho, quizás, que la belleza sobrenatural del lugar -y su indudable energía- se empoderan a sí mismas y no necesitan enmarañados discursos seudoespiritualistas para atraer turistas.

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