El mundo subterráneo y el visitante de Marte

En un pueblecito llamado Carcarañá, en la provincia argentina de Santa Fe, está encerrado un secreto centenario: la supuesta visita de una nave marciana y sus trofeos cósmicos.Conviven con extraños túneles, apariciones recientes de OVNIs y una constelación de enigmas capaz de conmover al más escéptico.

Los borceguíes, transformados ya en dos casi indescifrables esferas de barro, volvieron a resbalar por enésima vez en las escasas anfructuosidades del terreno cuando intenté afirmarme. Al comenzar a deslizarme, lenta pero inexorablemente hacia atrás, extendí las manos hacia delante clavando los dedos en las paredes compactas como piedra del túnel. Un mal movimiento, mi linterna que se apaga y la oscuridad, húmeda y pegajosa se abalanza sobre mi cuerpo como buscando devorarlo. Por un momento asoma el temor, aquél que en los genes duerme recordando las pesadillas nocturnas de nuestros antepasados cavernícolas temblando en la noche al paso de los grandes carniceros del mundo primitivo. En la negrura, espesa casi hasta ser palpable, busco a tientas la linterna, mientras otra negrura emana del recuerdo. Casi treinta años antes, cuando exploré por primera vez en mi vida la “Caverna de las Brujas”, en la provincia de Mendoza, también la lámpara de mi casco se extinguió, para dejar paso a la oscuridad más aplastante que jamás hubiera conocido. Mil noches sin luna ni estrellas en el fondo de un sótano no pueden compararse con aquella melaza negra donde el tiempo parece fundirse, detenerse. Y ahora, mientras la linterna ya estaba otra vez en mis manos pero se resistía a ser encendida, reviví la misma sensación. En la soledad del túnel de Carcarañá. En la provincia argentina de Santa Fe.

Solo cuando sesenta metros de recorrido parecen prolongarse al infinito. Solo bajo la tierra, mientras el techo del pasadizo por el cual repto como una alimaña más de las muchas que corretean a mi alrededor, adquiere vida y conciencia y parece gozar con amenazar aplastarme, susurrando pesadillas arquetípicas apenas a cincuenta centímetros del suelo. Solo, y otra vez la eterna pregunta: “¿quién diablos me mandó meterme aquí?”. Solo, pero la oscuridad tiene ojos que ven hasta el alma, hasta esos miedos recónditos, con mil brillos luciferinos en las sombras, rodeado de murmullos y risas quedas.

Solo. Y, en ese momento, el maldito recuerdo de Lovecraft flotando en mi mente: “… nunca sabría cómo habría ocurrido. Dos minutos antes, Davies echaba las últimas paladas de tierra sobre el féretro recién sepultado en ese provinciano y ahora, en el tardío crepúsculo, desierto cementerio. Luego un ruido ahogado, una polvareda y el piso que cedía. Manotazos en la oscuridad y el cuerpo de Davies se desliza por un ignoto pasadizo, de no más de cuarenta centímetros de altura, pero en la dirección equivocada, alejándose, en el espanto, de la boca sobre la cual el sol agonizante proyecta sombras cada vez más largas…”.

Otros cuarenta centímetros para arrastrar mi humanidad en busca de un segmento que, más adelante, ya me permita incorporarme. ¿Porqué algunos metros son tan largos?. Arrastrándome entre el barro, evitando ramas y hojarasca descompuesta que ofendía mi nariz, la presión agobiante del techo sobre mis espaldas comienza a aligerarse. El techo se eleva, parece que pronto voy a salir…

“…Davies pensó, cuando después de algunos metros desembocó en una amplia oquedad, que pronto iba a salir de allí. Se detuvo, se incorporó resollando para descubrir angustiado que de la cámara se abría un verdadero laberinto de pasadizos. Intentó en uno, en dos, en tres, pero todos se perdían en las profundidades. Decidió volver, entonces, sobre sus pasos. Pero descubrió, demasiado tarde, que había extraviado el camino…”.

El haz de mi linterna ilumina ahora, en una larga extensión, ese túnel que llamábamos de “Tomas”. Al fondo, la negrura indeleble. De allí, en cualquier momento, podría venir corriendo hacia uno alguna criatura de las tinieblas…

“… Definitivamente asustado, el neófito sepulturero comenzó a excavar frenéticamente con las manos, con los pies, hacia arriba, hacia los costados, buscando escapar de la trampa. Pero sólo continuaba siendo parcialmente cubierto por gigantescos terrones de tierra y huesos amarillentos. De pronto se detuvo. Desde el fondo de un corredor, precisamente el más amplio, llegó el sonido inconfundible de algo, o muchos algunos, que corrían. Se hizo más fuerte. Y, repentinamente, la oscuridad se pobló de multitud de ojos sanguinolentos y fosforescentes que se acercaban…”.

La espeleología es viciosa. Durante varios años me he deslizado por cavernas, túneles y gargantas bajo tierra, experimentando siempre ese cosquillear cervical que preanuncia lo desconocido. A veces, en situaciones de riesgo, he prometido no volver a intentarlo. Pero la adicción es más fuerte. Demasiado. Aunque conduzca a lo que, amén de desconocido, sea mortal. Aunque al arrastrarme por pasadizos reprima mordiéndome los labios el deseo de mirar sobre mi hombro, porque puede ser que no me guste lo que me viene siguiendo…

“… Davies comprendió que tenía que mirar. Lentamente, giró la cabeza hacia atrás y la dejó petrificada en un grito de horror. Porque los siete sellos del infierno se habían roto. Los antiguos demonios, los horrores cósmicos, Nyarlathotep y algunos de sus protohumanos noctilucentes y carnívoros, Shub-nyggurath y decenas de íncubos y súcubos sedientos de sangre, respondían a la llamda de Chtulhu y buscaban la superficie de la tierra, escapando de sus milenarias prisiones, para tomarla por asalto. Y Davies comprendió, con la clarividencia que da el último instante mientras el cuerpo es desgarrado, devorado, que su único error fue estar en el momento justo en un lugar equivocado…”.       

Un poblado somnoliento de calles amplias y una pulcritud extraña para este país, durmiendo al sol de la siesta, es una buena definición, tan buena como cualquier otra, para Carcarañá, poblado de diez mil habitantes recostado sobre el río del mismo nombre. Una ciudad donde lo insólito saltara años atrás de las páginas de algún diario de la cercana gran ciudad de Rosario, denostado y denigrado después por toda la prensa autoconsiderada “seria” de la nación, pero persistiendo con encomio digno de mejor causa en aferrarse al lugar.

Túneles no tan misteriosos a la sazón, meteoritos habitados por cadáveres intergalácticos y la sempiterna, alegórica, uno estaría tentado a decir semiótica presencia de los OVNIs sobre esos lares…

“… Yo no sé hasta dónde va a seguir ese asunto… Imagínese que mi mujer y yo veníamos los fines de semana a matear en el rancho y resulta que ahora el camino de tierra se llena de autos y de los dos lados del alambrado la gente empieza a buscar con picos y palas… Es una fiebre ésa, la que se desató cuando lo del artículo de Acevedo en “La Capital”… Si seguimos así, Carcarañá se va a convertir en un solo agujero…”. Don Ricardo Berti, propietario del campo –que según los antiguos mapas ocupa el lote 58, “ondulado y lleno de quebraditas”– se quejaba con una sonrisa por esa paz perturbada por los arqueólogos de fin de semana que se habían lanzado, desde 1978, a la búsqueda de un supuesto OVNI caído… en 1877.

Don Manuel Acevedoera un veterano periodista de deportes que durante más de treinta años escribió en “La Capital”, sobre goles, gambetas y tiros libres. Pero en 1967, cuando el diario decano de la prensa argentina cumplía un siglo de vida, le encargaron pegarle una revisada al archivo a fin de rescatar notas para hacer un suplemento. Fue allí que le llamó la atención la nota publicada en octubre de 1877 bajo el título de: ”Eureka! Eureka!”, y que hablaba de un “aerolito” descubierto por un químico francés en Carcarañá (o, mejor dicho, Carcarañá Este en aquél entonces, porque la localidad que hoy es Correa, se llamaba Carcarañá Oeste). Le gustó tanto que se tomó el trabajo de copiarlo íntegramente a máquina. El artículo no se publicó pero diez años después, al leer en distintos medios que “en años anteriores a 1947 no se había hablado de los OVNIs”, se acordó del tema y planteó en el diario la publicación de aquél suceso, para desmentir lo que erróneamente se decía.

De platos voladores y seres extraterrestres

Con este título, La Capital del 27 de marzo de 1978 reflotó lo que había publicado el 13 de octubre de 1877. Un químico francés, llamado A. Servarg, en una carta enviada al diario, refería que había descubierto una roca negra de forma ovoide de 30 “varas” de largo por 45 de ancho. Contaba que telegrafió entonces a un geólogo (Mr. Davis, que no hay que confundir con el malogrado sepulturero de matiz lovecraftiano aunque fruto de mi imaginación) que se hallaba en ese momento en Córdoba y a otro colega (Mr. Paxton) para examinar juntos el extraordinario hallazgo. “Para analizar las distintas materias conchabamos a un peón argentino llamado Jesús Villegas. Son notables  a primera vista las rajaduras y asperezas de las cuales han debido desprenderse pedazos considerables; la masa entera está cubierta con cierto esmalte negro, desde tres hasta nueve y media pulgadas de espesor. El interior contiene 5 % de carbón al estado de grafito, sulfuro de hierro magnético; un carbonato de fierro (sic) el cual puede considerarse como una variedad de breu merite (?), sustancia ésta extremadamente escasa; silicio, talco, algunos minerales complexos (sic) que no se encuentran en la tierra, por ejemplo la Sheibirshite, que es un fósforo doble de fierro y níquel; clorhidrato de amoníaco, sal muy volátil, su presencia en el aerolito es una prueba que el estado candente de la superficie no ha durado largo tiempo y que el calor no ha penetrado hasta el interior de la masa y esto es concordante con la poca conductividad de su composición y, por fin, contenía cesium…”.

La descripción, minuciosa, sigue hasta lo inimaginable: relata que “la piedra era muy dura y de repente la mecha encontró un hueco y se hundió más de dos varas…”. Decidieron entonces contratar a otro peón (Pedro Cerro) para agrandar el agujero y poder entrar en el interior de la excavación. Lo lograron seis días después. Servarg, Paxton y Davis se encontraron en una estancia que “medía dos varas y media en todos los sentidos” y encontraron “… una ánfora de metal blanco, mal trabajada, de plata y zinc, toda acribillada de agujeros y con dibujos extraños. La emoción nos cortaba las palabras…”. El asombro sigue: “Después de observar minuciosamente toda la estancia nos convencimos que tenía por piso una plancha, un cuadrado de dos varas. Bajamos de nuevo a esta segunda cueva y descubrimos una galería rectangular, perforada en el granito y llena de estalagmitas calcáreas. En el centro se destacaba un cuerpo humano envuelto en un sudario calcáreo; era extendido como quien duerme y apenas medía vara y dos cuartas, su cabeza un tanto levantada, se perdía bajo una almohada de carbonato de cal… igual que sus piernas… Atacando el calcáreo con el ácido, pusimos al descubierto una momia muy bien conservada. Desgraciadamente no hemos podido sacar las piernas sin deteriorarlas; la cabeza ha salido casi intacta; no tiene cabellos, el cutis debía ser liso y sin barba, pero ahora es arrugado y parece cuero curtido; el cerebro es triangular, la cara aplastada, en vez de nariz tiene una trompa saliendo desde la frente, una boca muy pequeña con solo catorce dientes, dos órbitas de las cuales habían sacado los ojos, los brazos muy largos, cinco dedos, de los cuales el cuarto es mucho más corto que los demás, la estructura general es muy débil…”.

El relato agrega que además de la tumba y su misterioso ocupante, había una pequeña chapa de plata con unos dibujos “como suelen hacerlos los niños, de un rinoceronte, una palma y el sol, y alrededor de este último, varias estrellas y hemos hallado muy aproximadamente a las que separan los planetas Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Neptuno (es extraño que no se mencione a Saturno y Urano) sólo el planeta Marte era mucho más grande que los otros. Esta distinción acordada a Marte en daño a los demás planetas, ¿no nos demuestra con claridad el amor propio de sus habitantes? –reflexiona Servarg en la carta– agregando que “a nuestro parecer no hay duda que el aerolito es una ínfima porción del planeta llegado a la Tierra por voluntad del todopoderoso para enseñarnos que hay seres racionales en otros mundos”. El final desafiaba: “El esqueleto del habitante planetario, el ánfora, así como la plancha de plata estarán exhibidos en valde (sic) durante mi permanencia en Carcarañá Este, en la casa de don Francisco Ringoni, frente a la estación central. El aerolito está a tres millas del norte de Carcarañá Este, cerca de la costa; es un paseo de una hora desde la estación para ir a verlo y volver…”.

Entrevistado en el año 2000, Alberto Leingruber tenía 54 años. Su bisabuelo Albert, alemán nacido en Stütgart fue propietario, entre 1888 y 1890 del Hotel Franzini. Su padre Julio dejó grabado un cassette donde cuenta: “Mi abuelo lo contó muchas veces. El estaba en el campo. Decía que se vino una bola de fuego, desde el pueblo, que se clavó en el suelo y produjo un fuego muy grande. Era una cosa roja. Él la vio en la costanera. ¿Qué hay ahora?. Hay un parque, el parque Sarmiento…”.

Es la otra punta de la duda. ¿A qué se refirió el químico Servarg cuando habló de un “paseo de una hora para ir y volver desde la estación”?. ¿A un paseo a caballo o a pie?. Si era a pie, bien podría tratarse del parque Sarmiento, también a orillas del Carcarañá y con las mismas onduladas características…

La búsqueda de los “arqueólogos de fin de semana” llevó, trece años atrás, al intendente de Carcarañá a poner un cartel en la zona más cuidada del parque: “Prohibidas las excavaciones”.

El ya desaparecido Cayetano Moriconi, vecino del lugar, alguna vez supo contar: “Mi finado padre me lo dijo hace una punta de tiempo. Calcule… yo tendría dieciséis años, allá por 1919, era un chiquilín… fue como una lluvia de fuego, que cató por el lado del río. Mire, más o menos donde hoy está el campo de Mandolesi. Yo no me acuerdo de quién era ese campo antes. Además, con los años, uno nombra a Mandolesi y lo demás se le borra. Averiguando, me dijeron que Mandolesi lo compró en el año ’34… pero seguro que tiene que haber pasado, porque incluso mi padre lo habló con unos amigos después, adelante mío… Claro, como de eso no se habló más, después la cosa se fue perdiendo… Usted sabe como pasa en el campo, hay mucho trabajo y la gente no tiene tiempo para perder… pero que pasó, seguro, porque mi padre lo vio”.

Las huellas reaparecen, aunque ya no quedan sobrevivientes. Fundado en 1870, el pueblo tendría, en aquél entonces, unos cien habitantes. Tal vez, ciento cincuenta. En 1886 una epidemia de cólera diezmó a la población. Según consta en las “Memorias de la fundación de las colonias suizas sobre el Ferrocarril Central Argentino”, escritas por Juan Meyer, un maestro suizo, y Luis Weihmüller, “los enfermos incurables y todavía vivos eran tomados por horquetas en la base del cuello y arrojados al crematorio improvisado” para evitarles sufrimientos e impedir la propagación de la contagiosa enfermedad. En ese mismo relato, traducido del alemán al castellano por Walter Schmidlin (su hijo fue intendente de Carcarañá entre 1960 y 1973), consta la existencia de los hoteles Mageran y Franzini, lugares donde, según “La Capital” del 15 de octubre de 1877, se exhibieron los hallazgos de Servarg. Antoine Mageran, el francés propietario del hotel, llegó a Carcarañá en 1873 y se fue a Francia en 1892 con dos hijos y una hija jóvenes. Quizás no se fueron con las manos tan vacías, después de todo…

Algunas otras anécdotas históricas pueden formar parte de este rompecabezas. Carcarañá, a pocos kilómetros de Rosario, fue algo así como “villa de descanso” de muchos rosarinos potentados en las primeras décadas del siglo XX. Entre ellos, seguramente, muchos de los “capos mafiosos” de los años ’30, época en la cual, como sabemos, Rosario mereció con justicia el nombre de la “Chicago argentina” por las organizaciones delictivas que habían crecido en su seno. Además, cuando en sus primeros tiempos el Ferrocarril Central Argentino tenía gran cuota de capitales franceses, Carcarañá era un “nudo” ferroviario y parada para pernoctar obligada para todos los pasajeros que viajaban hacia y desde Córdoba. En efecto, era necesario hacer allí cambio de trenes, pero no existía coordinación horaria con lo cual el viaje entre ambas ciudades exigía forzosamente una parada nocturna al punto tal que, durante varios años, el boleto de tren incluía la noche de alojamiento en uno de ambos hoteles, todo lo cual conformaba un panorama de bonanza económica para el entonces creciente pueblito. Miles de pasajeros viajaban entre ambas ciudades, lo que también se traducía en cifras millonarias de equipajes, encomiendas y transporte de cargas. Y eso significaba, creciendo a la sombra como hongos venenosos, robo y contrabando.

La pesada chapa de hierro rechinó ominosamente al moverla de sus goznes. El casero, bufando ostensiblemente, la dejó caer a un costado y me señaló la oscuridad. Cambié una rápida mirada con algunos de mis colaboradores de mi grupo, y con un resoplido mezcla de fastidio y resignación comencé a descender por la centenaria escalinata. Era un día más de trabajo de nuestra gente y mientras algunos lo hacían en el túnel que los lugareños conocían como “del solar”, otros hacían lo propio en pleno centro de la ciudad, donde nuestras prospecciones nos permitieron acceder a otros segmentos de galerías subterráneas, uno de ellos, bajo una ya desaparecida confitería bailable, francamente gigantesco, de casi media manzana de ancho. Y aquí, en el sótano de lo que había sido la vivienda para huéspedes del primitivo administrador inglés de estos ferrocarriles, Thomas Thomas –cuanto menos, ése era el nombre que conserva la memoria colectiva– se rumoreaba que podía haber algo más.

Hombre singular, este Thomas. Pese a contar, según se sabe, sólo con el sueldo de funcionario ferroviario, su casa era una verdadera fortaleza y castillo. Sus dominios, arbolados y en las mejores tierras junto al río, se extendían por hectáreas, totalmente perimetrado por una imponente empalizada.

Se asegura que la grifería era de oro, y para mantener el microclima ideal tanto en verano como en invierno, las paredes estaban forradas en plomo. Precisamente, para apropiarse de todo aquello fue que, décadas atrás y abandonada a la suerte la construcción, fuera expoliada por los vecinos hasta los cimientos. Hoy, sólo ruinas dispersas señalan el lugar donde, quizás, un maniático británico de sueños mayestáticos quiso construir una utopía a la medida de sus delirios.

Más allá de los sueños de grandeza, la parte sombría del hombre no podía estar ausente de su huella: aquí, donde ahora descendí, estaban las mazmorras, las celdas subterráneas donde, cuentan algunos ancianos lugareños, Thomas encerraba a los sirvientes más díscolos, muchos de ellos descendientes de indígenas aculturalizados, para ser castigados o confinados y donde también, en tantas ocasiones como la vergüenza de la memoria histórica permitió olvidar, encontraban la muerte. Luego la noche, unas piedras atadas con cadenas a los tobillos y la cercana complicidad del río que todo lo oculta…

Es casi un secreto que la fortuna de Thomas fue producto del contrabando: no otra explicación –que arrojaría luces sobre las rápidas fortunas de muchos colonos que perecieron en las pestes anteriores, emigraron o, en algunos pocos casos, permanecieron en el lugar– tienen esos gigantescos recintos subterráneos, con túneles que los interconectan. Una más amplia investigación sobre el particular demostraría que el movimiento comercial de almacenes y acopiadores de “frutos del país” (para usar un eufemismo propio de aquellas épocas) no justificaba semejantes depósitos subterráneos y que, de común, las mercaderías en tránsito legal (recordemos su importancia ferroviaria allá por las últimas décadas del siglo XIX) contaban con galpones asignados al aire libre. La ecuación es, de hecho, muy sencilla: la capacidad de almacenaje de tales silos bajo tierra era exagerada para la población estable de Carcarañá, aun supuesto el caso de alguna emergencia de aislamiento. Los túneles, cuyas características arquitectónicas los sitúan en su mayoría en esa fecha (salvo algunos que podrían corresponder a asentamientos jesuíticos muy anteriores, y cuyo descubrimiento o recuerdo iniciaría o continuaría la tradición de tales) permitirían, a través de su interconexión, el tráfico comercial clandestino sin sobresaltos. Otras explicaciones (defensas contra los indios, depósitos para mantener la mercadería perecedera fresca) caen por su propio peso: la primera posibilidad, porque hacia 1870, cuanto menos en esa zona, los aborígenes ya no eran un peligro (era más época de “malocas” que de “malones”, o sea, más que de ataques indígenas sobre poblados blancos (“malón”) era el ataque “cristiano” sobre el poblado indígena cuando los hombres de pelea estaban de caza o combate, la “maloca”). ¿O acaso no recordamos que, precisamente por ese entonces y miles de kilómetros al sur, se derrumbaba el único peligro cierto para el hombre blanco, cuando con epicentro en Choele-Choel y Melincué caía el imperio de Calfucurá, el cacique araucano inconquistable que dominó buena parte del territorio sureño?. En cuanto a la condición de “protofreezers” de los túneles, volvemos al razonamiento anterior: excesivo depósito para tamaña exigua población, a menos que tuviera otro destino con lo cual, rizando el rizo, regresamos al tema del contrabando.

Contrabando en los años setenta (del siglo XIX, naturalmente), “mafia” en los ’30 y, según se rumorea (es solo un rumor, pero yo soy de los que creen que cuando el río suena…) ex pilotos franceses de Argelia contrabandeando en campos de aterrizajes clandestinos en los setenta… (ahora sí, del siglo XX). Ciertamente, la Dirección de Turismo de Carcarañá debería pensar en explotar este aspecto desusado y, qué duda cabe, más interesante de su pasado. Seguramente (a fin de cuentas, las autoridades comunales de Chicago también lo han hecho y, salvando las distancias, con jugosos dividendos, ya que “Los intocables” y Al Capone siempre fueron negocio) atraerían más turistas que con el lindo balneario con que cuentan.

Sé que a esta altura el lector, reprimiendo un bostezo, se preguntará: a fin de cuentas, ¿qué tiene que ver todo esto con los OVNIs y la Parapsicología?. Tiene que ver con dos aspectos que, si se quiere, son sumamente contradictorios (está bien, está bien no frunzan el ceño de esa manera; yo no tengo la culpa de que sea así la cosa): por un lado, salir al cruce de las versiones de los sempiternos ovnílogos, arqueólogos, parapsicólogos y “alter logos” de fin de semana, es decir, aquellos que gastan la onda  “Viejo, llevame a Carcarañá que quiero hacer una investigación, llevame” (aunque no quiero aparecer como ineluctablemente machista, han sido mayoría de señoras que, con tarjeta de “doctoras”, “licenciadas” o “profesoras” en parapsicología, biopsicoenergética o energopsiradioetereología aparecieron por aquellos lares emitiendo sesudos juicios “de campo” desde la comodidad del aire acondicionado del automóvil estacionado a un costado de la ruta, en el sentido de que los túneles fueron hechos por “seres extraterrestres” o “enigmáticos habitantes de una civilización de la tierra hueca”. Aunque no lo crean (lo que sería sólo problema de ustedes) yo he escuchado decir, a algunos trasnochados, que las marcas de los picos de los excavadores eran, en realidad, la evidencia de “una avanzada tecnología de trépanos gigantescos rotando” o (¡ay!) “descargas de rayos láser”.

Pero, por otro lado, dispongamos estas cartas sobre la mesa:

a) Se dice que se habría hallado un objeto de origen astronómico, presuntamente “ocupado”, como viéramos, por esa “momia”.
b) Se informa, allá por 1880, de una aparente “lluvia meteorítica” –ya que no hay relación directa con el hallazgo de Servarg porque existiría un recuerdo fresco de esa “lluvia” en la región que el francés omite mencionar;
c) Es una zona riquísima en yacimientos paleontológicos y arqueológicos;
d) Profusión de túneles con origen histórico conocido y
e) Zona recurrente, en tiempos modernos, de apariciones OVNI (recordemos que lo que en el siglo pasado se conocía como Carcarañá Oeste es hoy la localidad de Correa, sobre la que volveremos enseguida.

¿Y qué significa todo esto?. Pues que cumple con una de las pautas más interesantes –aunque aún resistida por los investigadores ortodoxos, quizás como inconsciente mecanismo de defensa ante las impresionantes implicancias– : los OVNIs parecen tener focos de apariciones reiteradas en zonas concomitantes con fenomenologías parapsicológicas o, mejor deberíamos decir, insolitológicas en general. Tomen el así conocido en la cronología ufológica como “caso Correa”, según fue oportunamente publicado en la desaparecida revista argentina “2001”, investigación del recordado Alejandro Vignati y que reproducimos aquí:

El domingo 13 de octubre de 1968, Humberto Damiani, chacarero afincado desde 1955 en esa localidad, salió de su casa por el campo de ciento ochenta y tres hectáreas que arrienda a su propietario, de apellido Schmidlin (sí, el ex intendente de Carcarañá) y regresó. Media hora más tarde (sería las doce y treinta) su mujer le señala una camioneta detenida al frente y una persona que se acerca al lugar. Damián sale y le pregunta qué deseaba y el desconocido –vestía un mameluco marrón (al igual que sus tres compañeros que aguardaban dentro del vehículo) con un cinturón de hebilla plateado– le pregunta por el camino de salida. El chacarero le indica, y los cuatro “extraños” –el término es de Damiani– parten. Al rato, Humberto pregunta a su mujer por dónde habían entrado y recibe una respuesta nada tranquilizadora: “Venían del fondo del campo”, responde ella…

Sí, del fondo, justamente allí donde fuertes alambradas de cinco hilos y una interminable hilera de postes impiden todo acceso al lugar; por delante de la casa no habían pasado, ya que su presencia hubiese sido delatada por los temibles perros que guardaban a la familia. Entonces, la pregunta flotó en el aire: ¿de dónde salieron?. ¿Cómo llegaron hasta allí?.

Damiani se hizo estas preguntas justamente el día anterior al 14 de octubre, cuando su hermano Antonio descubrió “los extraños círculos” al fondo de la hacienda.

Al llegar al kilómetro 361 de la ruta nacional número 9, aparece Correa. Pequeña, alberga veinte mil habitantes, a pocos kilómetros de Carcarañá. Una plaza, un juzgado de paz, la comisaría y una municipalidad. Una vida normal, agricultura y ganadería, para una población que tiene en las fábricas de muebles, la cerámica y los ladrillos una forma de subsistencia y un motivo de orgullo. A trece kilómetros de allí, siguiendo una ruta polvorienta que empalma con el camino a Carcarañá, Humberto Damiani y sus hermanos Rafael Antonio y Domingo siembran trigo, recogen la cosecha y, según ellos, “viven en paz con Dios”. Todo era así. En los años hasta entonces en que los Damián trabajaron el campo y miraron el amanecer, no encontraron nada extraño. Sin embargo, ese año y bajo un sol ardiente, una cosecha exuberante y ciertas luces, rasantes, nocturnas, que el suegro de Damián confirmó haber visto algunas veces, las cosas comenzaron a cambiar. El 14 de octubre de 1968, Humberto hizo su vida de siempre. A las seis y treinta horas, apenas salido el sol se levantó y fue al corral. Ordeñó una vaca, regresó, tomó su café con leche, y volvió al corral, largó al animal, fue hasta su casa, tomó un baño y llevó a sus hijos hasta el colegio Niño Jesús, de Carcarañá. Allí, como es su costumbre, hizo algunas diligencias desde las ocho hasta la hora de salida –las doce–. Luego, volvió a su casa. Allí se encontró con Rafael quien le habló de “cosas raras” que  había visto en los fondos  del campo, cuando  buscaba un ternero extraviado. Nadie imaginó –menos su hermano– que ese día, horas más tarde, todo sería distinto. Por eso fueron allí.

Fue el primer aviso de que algo extraño pasaba. Damián no dio mayor importancia al asunto. El gran círculo era visible desde cierta distancia.

En un primer momento le dije que podía ser alguna persona que entró a caballo, enlazó un vacuno y que, al girar, formó la circunferencia. Dije esto sin haber visto los círculos –aclara– fue así que después de almorzar fuimos a verlos. Cuando llegué al lugar, descubrí otros. En la circunferencia que bordea cada uno de ellos (la corona) crecían unos hongos gigantescos, de una especie desconocida en el lugar. Entonces reflexioné. Fue en ese momento que me dije: “Ahora creo en los OVNIs, esto no es cosa de vacunos. Y denuncié el hecho. Ahí comenzó todo”.

Fue un día extraño, hacía mucho calor. La noche anterior Damiani tuvo un sueño pesado y la imagen de la camioneta volvió nuevamente. Seguramente en el momento de ver los círculos, el hombre pensó en su suegro (y las luces que éste había divisado), en las versiones de Pertussatti, su vecino, quien afirmaba haber observado, quince días atrás, una luz intensísima en ese sector y en el hijo de un oficial de la policía de Correa, que dos semanas atrás y en un lugar que concuerda con el campo de referencia, desde la ruta que conduce al mismo fue sorprendido por un vivo resplandor.

Pero, ¿porqué este lugar?. ¿No existen, acaso, otros más recónditos, más inaccesibles, que oculten al ojo humano toda posible maniobra de seres presuntamente alienígenas?. Sin embargo, poco a poco todo es más claro. Es más, el terreno tiene cierto declive y el nivel es más bajo con respecto a las chacras vecinas. La más próxima es, precisamente, la de Damián. Las otras, que se divisan pequeñas, se encuentran a más de dos kilómetros. Por lo tanto, como punto estratégico y silencioso, es ideal. Cualquier objeto posado allí, de noche o media tarde, sería perfectamente invisible para los moradores de las casas lindantes. El terreno es poco frecuentado y –a no ser como explicó el protagonista– que un ternero pase a potreros vecinos, nunca (si acaso, dentro de mucho tiempo) alguno de los hermanos hubiese llegado hasta allí. A simple vista, el paisaje es abrumador; silencio, lejanía y desnudez.

Los Círculos

Contados y recontados, analizados los hongos y contraeencuestados los testigos, estas son las conclusiones:

  1. El pasto no aparece “quemado” en toda la superficie de los círculos, sino sólo en sus bordes, de unos cincuenta centímetros de ancho, siendo esta medida igual para todos. En realidad, lo correcto sería decir que están deshidratados.
  2. Existen en el campo de Damián, de Ansler y de López Roldán, 25 circunferencias perfectas, cuyos diámetros oscilan en los 5, 7, 9 y 12 metros.
  3. Los hongos crecen solamente dentro de la franja de 50 centímetros, y son de un tamaño insólito. Algunos exceden los 40 centímetros de diámetro y los 30 cm de altura;
  4. Dentro de la franja a los bordes, la tierra tenía un color azulado, como si existiese un extraño cultivo de hongos, con el fuerte olor de la variedad “bejín”.
  5. No hay hongos de este tipo en ningún lugar del campo, no son de esta época ni de esta zona. Pertenecen a la variedad “calvatia lilacina”, el conocido “hongo esponja” (por ello más vale no divagar con supuestos “hongos extraterrestres”) pero de características tales que los hace suponer mutantes por acción, quizás, de alguna radiación de naturaleza desconocida.
  6. La tierra, fuera de la franja de 50 centímetros y en todo el resto del campo, es absolutamente normal, negra y húmeda.
  7. Cuando fueron descubiertos, el pasto crecía con fuerza y muy verde en las franjas de los bordes. Luego, a las 72 horas más o menos, igual que los hongos, comenzó a morir.
  8. Se encontró un hongo, marcado por los Damiani 48 horas antes, que había crecido en dos días hasta alcanzar un diámetro de 17 centímetros por 10 de alto. Su tamaño original era un 80 % menor.
  9. Los mismos padecen una mutación biológica. Crecen enormes, deformados, con la superficie muy blanca y cuarteada, y a medida que se secan, o pudren, los bordes de las zonas cuarteadas toman un color achocolatado hasta terminar en marrón oscuro.
  10. Los hormigueros, dentro de los bordes, están vacíos. El hormiguero conserva su forma, pero parece haber sido “evacuado”, dado que la tierra de los mismos está seca, polvorienta, y al removerlo no muestra ningún tipo de actividad.
  11. Finalmente, distribuídas matemáticamente en el espesor de las franjas aparecen hendiduras de 9 centímetros de largo y 2 de profundidad, de ninguna manera marca de pezuñas de animales; y
  12. No debemos olvidar, ciertamente, que toda esta gente de campo reconoció jamás haber observado fenómenos semejantes, lo que dada su larga experiencia excluye de plano cualquier explicación natural para estos hechos.

Y si es cierto que los hongos nacen y mueren a las 72 horas, es fácil deducir que los encontrados eran muy posteriores a los que con seguridad ya se habían reducido a polvo. En consecuencia, ¿cuándo fue el aterrizaje?. ¿Habría sido este lugar usado hace mucho tiempo como base de observación?.

Nadie lo sabe, pero las suposiciones se agigantan. Si sumamos a los “extraños círculos venidos del cielo” –para emplear la expresión de un vecino- los misteriosos personajes que visitaron a Damián el día anterior al hallazgo, la siguiente pregunta, al menos por ahora, se torna irrespondible: ¿Quiénes eran?. ¿Acaso habían sido “depositados”?. ¿Están definitivamente “ellos” entre nosotros?.

Los hechos están allí. Es posible que el “meteorito” no haya existido (ya hablaré de eso). Los túneles respiran un aire sospechosamente delictivo. Los OVNIs andan por los cielos y seguramente les importará un bledo las puntas de flechas o las osamentas antediluvianas sepultadas en los campos sobre los que se pasean… pero todo está, precisamente, ahí. A lo largo de un siglo, todos estos misterios tienen un foco existencial de pocos kilómetros cuadrados.

Carl Gustav Jung (1875-1961) fue un trascendente psicólogo suizo, creador de la escuela de Psicología Compleja y quien tendió un puente académico para el estudio psicológico de las mitologías, religiones y esoterismo. Él se detuvo largamente en el análisis del concepto de “mandala”, palabra que en sánscrito significa “círculo”, y refiere tanto a un objeto oriental empleado en meditación con esa forma, como a componentes intensamente emocionales emergentes de la psiquis y alucinados ocasionalmente con esa forma. También profundizó en el estudio de los misterios de Eleusis, representaciones dramáticas y semisecretas en templos de la antigua Grecia con carácter iniciático. ¿Y si, parafraseando a Jung, en este caso en particular las apariciones sólo fueran un “mandala”, un emergente del Inconsciente Colectivo, sensibilizado en los lugareños por su convivir con lo misterioso?. Porque, aunque no sea a lo largo de tanto tiempo necesariamente la dominante de las charlas diarias, los pequeños misterios eleusíacos de Carcarañá ilustran el nacimiento de un folklore. Contado junto a los fogones en las noches, repetidos antes de dormir a los pequeños por las abuelas, relatados en distendidas charlas de sobremesa domingueras, han sido los “cuentos de hadas” de los tranquilos habitantes de aquella región. Y los semiólogos conocen perfectamente el efecto modelador de idiosincrasias que han tenido, por ejemplo, los relatos de los hermanos Grimm en los alemanes del siglo diecinueve…

Quizás, en este contexto, poco importe si estas cosas realmente pasaron. Es decir, si fueron reales. Porque volvemos al principal problema, que no es ovnilógico ni parapsicológico, sino filosófico: ¿qué es lo real?. Hoy por hoy, más que lo que es, o lo que se acepta, es lo que compulsa, modela creencias, pauta conductas, desencadena respuestas sociales. Desde ese abordaje, los enigmas de Carcarañá han sido, son y serán reales.

Y un comentario final sobre la momia, el ánfora y ainda mais.   Las investigaciones no han  terminado  –pienso regresar pronto a “barrer” la zona con un buen equipo esto, claro está, siempre y cuando los carcarañenses no me declaren persona non grata por aquellos lares a partir de estas líneas y, ciertamente, nadie ha hecho un estudio realmente a fondo del terreno. Oh, sí, se han caminado arriba abajo toda la costa por ambas márgenes, llevado algunos detectores de metales y punteado la tierra… pero eso no basta. No basta para afirmar, como dijera un actor metido a ovnílogo, que “el terreno tiene todas las características de las zonas preferidas por OVNIs” (¿ah, sí?. ¿Y cuáles son ésas?. Porque si el tema es la presencia de agua, los árboles y el terreno ondulado conozco lugares así donde lo más raro que se vio en los cielos fue un avión) pero tampoco, como dijera algún otro, “no existe el meteorito porque no lo hemos encontrado”, cuando el método de búsqueda empleado no ha agotado todas las posibilidades. La necesidad de zanjar un misterio engaña a la razón, al punto de llevarnos a declamar que algo es falso sólo por la tranquilidad psicológica que significa dar carpetazo final a un tema. Algunas mentes no resisten misterios muy prolongados pese a que, como dijera el poeta Paúl Eluard, “los mejores enigmas son aquellos que nunca podremos develar”.

Pero también hay suspicacias. Servarg –según se sabe– tenía intereses económicos en el Hotel Mageran, con lo cual un incremento de visitantes le sería beneficioso. Y, por otro lado, un buen conocido nuestro, de quien supiéramos años atrás en plan de investigaciones, nos contó que su bisabuelo, cumpliendo a principios de siglo el servicio militar en la cercana población de San Lorenzo fue movilizado, con gran despliegue de tropas, hacia la zona de Carcarañá porque “los ingleses custodiaban algo muy importante”  y que  mediante  gran equipo  se cargó  en ferrocarril con destino provisorio el puerto de Buenos Aires y final –suponemos– la brumosa Albión. Pudo haber sido algún cargamento comprometedor en esos tiempos previos al pacto Roca-Rucinam y la entrega de buena parte de la soberanía argentina al imperialismo británico. Pero también pudo haber sido el meteorito. 

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