Dar la vida por la Ciencia… de maneras impensadas

Imagen del siglo XVIII con el tránsito de Venus frente al Sol
Imagen del siglo XVIII con el tránsito de Venus frente al Sol

Hay historias de las que uno duda, al contarlas, si servirán como ejemplos de conducta, hidalguía, voluntad, determinación… o resultarán, por el contrario, francamente deprimentes, alejando a todo curioso del riesgo de exponerse a pasar ordalías semejantes. En todo caso, serán historias curiosas y que ameritan ser compartidas.

Como la vida de Guillaume Joseph Hyacinthe Jean Baptiste Le Gentil de la Galaissière, francés, por si no se dieron cuenta, y que de aquí en más llamaremos Guillaume de la Galaissière para no atormentar al lector. Digamos que quien fuera crucificado ante la pila bautismal con semejante insufrible nombre parecía estar condenado, desde la cuna, a ser un infeliz.

Nació el 12 de setiembre de 1725 en Coutances, y falleció en París el 22 de octubre de 1792. Plena época de Revolución, guillotina y jacobinos, y por cierto en sus últimos años su nombre danzó en las manos de los candidatos a la Viuda Negra, lo que, de haber ocurrido, supongo lo habría tomado con mucha resignación, después de pasar las que pasó a lo largo de los años.

En sus mocedades pensó ser eclesiástico pero su curiosidad racional lo convirtió en astrónomo, apasionado –entre otros misterios de entonces– por conocer la distancia exacta del Sol a la Tierra. El tema venía discutiéndose desde hacía siglos sin definirse (aún no habían descubierto que hubiera bastado con multiplicar por 1^18 la altura de la Gran Pirámide de Keops para casi resolverlo. Bien, el asunto es que en 1676 el famoso Halley (descubridor del cometa homónimo) había propuesto un método, pero que precisaba del tránsito de Venus frente al Sol. El tema es que los siguientes tránsitos serían en 1761 y 1769; Halley sabía que no viviría para verlo y sólo pidió a la posteridad que no se le olvidara (si el método servía) por haberlo propuesto.

Y llegó el año de 1761. Los astrónomos de todo el mundo estaban apasionados y, entre ellos y de los más, nuestro Guillaume de la Galassière, quien entendió que era la ocasión verdaderamente única de pasar a la posteridad. Miembro de número de la Academia de Ciencias de París, profesor universitario, casado, decidió tomarse un año sabático y viajar a la India para observar el tránsito y hacer las mediciones correspondientes que le darían la gloria. De manera que se embarca en enero de 1760 y llega en marzo, dispuesto a pasar un año de estudios locales. Pero… siempre hay una mosca que te ensucia la salsa.

Porque llegando a las costas indias, se entera de la declaración de guerra entre Inglaterra (ya entonces autoridad en la India) y Francia, con lo que no puede desembarcar y desplazarse a voluntad, teniendo la sola opción de quedar confinado en Pondicherry.

En ese entonces, viajar de regreso a Francia y volver en un futuro no era cosa sencilla, como pueden imaginar. Y estaba obsesionado con ser testigo del evento astronómico. De manera que se decidió por el camino más largo: radicarse en la India ocho años, en espera del evento de 1769.

Mientras buscaba posibilidades laborales, escribe a su esposa pidiéndole que liquide ciertos bienes y se uniera con él en el subcontinente asiático, a la par que escribe a la universidad y a la Academia. Pero la mala suerte acababa de comenzar: durante dos años, todas sus cartas sistemáticamente se perdieron, ya por irresponsabilidad de la larga cadena de implicados, ya por hundimiento de un par de barcos que supieron transportarlas. El asunto es que recién a los tres años logra hacer llegar sus noticias a Francia. Pero, ¿adivinen qué? Para ese entonces se lo había dado por muerto. Así que la universidad había cerrado su cátedra, la Academia ocupado su sillón vacante con otro postulante y su mujer, luego de un año de duelo obligatorio… Se había vuelto a casar con un desconocido. Y no finalizó la cosa allí: sus bienes, liquidados en ausencia entre sus herederos, habían sido en tan poco tiempo literalmente despilfarrados.

Debe haberle llevado algún tiempo a Guillaume reponerse del golpe. Había conseguido algunos trabajos que le permitían la subsistencia pero estaba financieramente al borde permanente de la ruina. Decide entones permanecer en India esperando 1769 (en realidad, no tenía ninguna otra opción) y comienza un largo litigio epistolar para que cuando menos, la Academia respete su lugar entre ellos. Así pasan los años. Y llega 1769. Y llega el día del nuevo tránsito de Venus frente al Sol.

Y ese día transcurre irremediable y absolutamente nublado.

Lo que sigue es casi gris y aburrido. Logra, con el concurso de amigos hechos en esos años (como el intérprete y académico indio Maridas Pillai) reúne el dinero para regresar a Francia. Viviendo en condiciones extremadamente humildes continúa sus reclamos ante la Academia (tanto por el significado académico como por la pensión, pequeña pero necesaria, que recibiría si pudiera ser reincorporado) sin mayor éxito hasta que en el año de 1787 es la mismísima intervención del Rey, Luis XVI, la que logra le sea restituida. Pero el denso trámite burocrático de lo financiero se demoró un tanto, y llegó 1789. Revolución, guillotina y nuestro Guillaume debió seguir esperando, ahora, además, con el riesgo omnipresente de una ejecución ya que la intervención de Luis a su favor hacía sospechar a los revolucionarios de una amistad del científico con la nobleza.

En esos últimos tiempos, solitario y decepcionado de todo, se dedica a traducir los Upanishads del persa (que había aprendido en la India) al latín con la ayuda de su amigo Anquetil Duperrón. Como parte de ese trabajo se crea a su alrededor grupos de lectura y para compartir el conocimiento del Hinduismo, del que se transforma en un referente en la convulsionada Francia de fines del siglo XVIII. Y así, Guillaume, que había dado literalmente la vida por la ciencia (y la familia, y el prestigio académico, y su fortuna personal) todo a cambio de nada, encuentra en el espiritualismo hindú, sus enseñanzas y las amistades nuevas llegadas por este Camino a su vida, la paz perdida en décadas de sinsabores. Pocas semanas antes de morir menciona a su amigo Duperrón que todo lo vivido, todo lo sufrido, valía la pena: el fruto inesperado no era un descubrimiento científico, un reconocimiento académico como hubiera deseado en su juventud, sino las enseñanzas eternas de la vieja, finalmente querida India. Profundamente convencido de la inexorabilidad del Karma y la certeza en la Reencarnación, la muerte lo alcanza plácidamente en 1792.

Dos días después de ser cremado (aún en contra de los deseos de sus pocos parientes y en condiciones clandestinas, fuera de la ciudad) los hombres de Joseph Fouché, el todopoderoso Ministro del Interior jacobino y Director de los Comités de Salvación Pública (la terrorífica policía revolucionaria) golpeaban a su puerta para detenerle y llevarle a la Bastilla. Pero Guillaume, para ese momento, ya había soltado la rueda de su Dharma y liberado estaba de su Karma, cuando menos, en este tránsito mortal.

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