Caminatas espirituales, Senderos de Poder

Durante una "Senda del Guerrero", ejemplificada en la nota
Durante una «Senda del Guerrero», ejemplificada en la nota
En conferencias y comentarios de lectores, propios y ajenos, solemos leer un reclamo que puede ser atendible, y que apunta al exceso de «teoría» en los escritos esotéricos y la carencia, en contraposición, de «prácticas» sensatas para iniciarse y ser iniciado. Dejando de lado la pléyade de sitios en internet pletóricos de «recetas» de pacotilla, de «consagraciones» aranceladas, de en ocasiones peligrosos conjuntos de «rituales» para hacer de entrecasa (peligrosos porque en ocasiones se enseña a abrir ciertas puertas, mas no cómo cerrarlas después), es necesario colegir que muchas enseñanzas, producto de la sapiencia y la experiencia, dejan al lector ávido de crecimiento a un palmo de narices de cómo continuar. Esa percepción dio pie al nacimiento de esta nota. Sin embargo, antes del «cómo» es necesario ponernos de acuerdo en el «para qué» (también deberíamos, quizás, extendernos en el «porqué», que no es lo mismo que el «para qué», pero de ello hablaremos en otra oportunidad). En efecto, como dijera Jung, «si no sabes donde quieres ir, es difícil que llegues allí». Y eso en Esoterismo es más cierto que en cualquier otro contexto, ya que los «resultados» (si pudiéramos cuantificarlos) no pueden ser ajenos a las razones que nos impulsen tras la búsqueda de los mismos. Así que permítaseme escribir que la primera razón de la experiencia esotérica no debe subordinarse a resultados mundanos. Gran error de muchos, muchos que de buena fe -una cosa no quita lo otro- se vuelcan al Esoterismo con el propósito de mejorar su salud o la de sus seres queridos, adquirir capacidades extrasensoriales, acumular poder mundano o numerosos otros etcéteras. Y en puridad, la primera (aceptablemente no la única) razón para deambular el largo camino de lo esotérico tiene que ser el enriquecimiento con vivencias espirituales. Inasibles e intransferibles . En consecuencia, la previsible pregunta del tipo: «¿Cómo se «nota», qué beneficio trae la vivencia espiritual?», se agota en sí misma. Sin duda se observará, a consecuencia, un mayor discernimiento y objetivización intelectual. Sin duda, también, equilibrio, armonía interna, capacidad de transmitir sabiduría y entendimiento entre pares. Pere todo ello, debe repetirse, es una consecuencia, no un fin en sí mismo, y quien así no lo comprenda no lo alcanzará, como quien crea que es indistinto poner delante el caballo o el carro. Sin embargo, sería ladino no admitir que el buscador esotérico, aceptado como fundamental ese primer punto, no sabe que de acuerdo al camino que elija distintas «conexiones», hacia adentro de su Ser y hacia el Universo que le rodea, se irán escalonando. Por ello, aquí, me referiré a una de esas vías: la de conexión con las fuerzas de la Madre Tierra. Es interesante (y tiene un costado sugestivo) observar cuánta gente, cuando se le habla de «conectarse con la Madre Tierra», piensa excluyentemente en pueblos amerindios (evito la expresión «Pueblos Originarios» porque todos lo son, a fin de cuentas, de algún lugar), sin duda porque en tiempos históricamente recientes han sido los que más expresa y abiertamente demostraron su amor por la misma. Pero muchas otras culturas, que atravesaron siglos, si no milenios, de mestizajes culturales, arrasamientos bélicos, catástrtofes apocalípticas, genocidios étnicos, han sabido sostener, de maneras muchas veces enmascarada en símbolos y alegorías, no sólo la importancia de esa conexión sino las herramientas para obtenerla.  Y ello es puesto de manifiesto cuando encontramos, en un horizonte cultural, histórico y geográfico tan dilatado, las mismas prácticas con los mismos fines. En este caso, las Caminatas Espirituales. ¿Qué es una Caminata Espiritual? Una Caminata Espiritual consiste básicamente en recorrer a pie (esto es fundamental; no cumple el mismo propósito desandar el recorrido a pie o en algn otro medio) tres tipos de senderos: a) Uno, que finaliza en un punto de gran significado sacro o ceremonial, pero en el camino ir uniendo otros puntos de significado también cerermonial pero en realidad esto último subordinado (o consecuencia) de las «propiedades» de un sitio específico (fuentes de aguas termales, de manantiales con propiedades curativas, cuevas, pequeños picos montañosos lugar de leyendas, ermitas religiosas donde ocurrieron «apariciones», etc.). b) Otro tipo es la caminata donde lo que cuenta es el esfuerzo psicológico o físico del cumplimiento del mismo. c) Y finalmente, recorreren la caminata un sitio específico a consciencia del trabajo interno que se está realizando, es decir, tratando de internalizar el concepto que el proceso replica en el Microcosmos personal el significado trascendente que el Macrocosmos del lugar resignifica. Respecto del primer caso, el camino a Santiago de Compostela es un caso paradigmático, aunque podríamos sumar -siempre dentro del horizonte cultural cristiano- los «vía crucis»que en todo el mundo se replican en ladera de montes y cerros, las mismas procesiones religiosas -como ejemplifiqué en mi trabajo «Venas del Dragón, ¿camino de los ángeles?» . Es sumamente interesante comprobar -para el caso propuesto- que el recorrido se desvía muchas veces de la trayectoria más económica en términos de esfuerzo y distancia para pasar por enclaves de «vírgenes negras» o fuentes de agua de propiedades curativas, picos montañosos asignados a los «dioses» desde tiempos inmemoriales. A propósito, esta relación entre «vírgenes negras», cuevas y más ameritará un análisis propio. En el segundo caso, me remitiré al terreno donde acumulo más experiencia, que es el caso de la Toltequidad (en puridad, «Toltecayotl),el saber ancestral de los antiguos Toltecas. En ese paradigma, podemos por caso distinguir dos tipos de «sendas», la «Senda del Jaguar» y la «Senda del Guerrero». En la primera, los practicantes, durante casi una jornada completa, se aplican a transitar una cierta distancia que les obligue a trepar accesos rocosos, nadar en un río -idealmente superando obstáculos buceando- atravesar terrenos selváticos o boscosos y culminar con una ceremonia de Temazcal, sometiéndose así a la acción de los cuatro elementos: Aire, Agua, Tierra y Fuego. La Senda del Guerrero, en su caso, consiste en que los participantes, dispuestos en parejas, uno de ellos con los ojos vendados (y ambos descalzos) deben recorrer una cierta distancia (comienza con unos cien metros, llega a dos kilómetros) donde, sin mediar palabra alguna, quien ve guía, y quien no ve, siente. Así aprende a depositar la confianza en otros (quien participe con él en la experiencia debe ser un desconocido, es decir, no puede serlo alguien de su cercanía), ese otro que con gestos (jalando su brazo, colocando su mano en el pecho, la cabeza o la espalda, es decir, con un código de «señales gestuales» preacordado) lo llevará pero debiendo, a la vez y también, «sentir» el entorno: con la piel, el oído, el olfato, llegando fácil y rápidamente, por ejemplo, a «presentir» la cercanía de una rama o de una roca. El objetivo, en última instancia, apunta a «afinar» su «ojo espiritual». Pueden ver un ejemplo en mi nota «El «foco tonal» de Eranehén». Y finalmente y para el tercer caso, remito a mi trabajo «Las enseñanzas de la montaña», donde se señala que la «caminata espiritual» en la montaña cumple una función «alquímica» en el sentido más estrictamente espiritual de la palabra, ya que la misma funge de un «atanor» donde el practicante «macera» los cuatro elementos de su naturaleza. En síntesis, debemos apuntar que la trascendencia de una Caminata Espiritual (y, por ello, su naturaleza íntima de Sendero de Poder) consiste en «conectar» al individuo con puntos neurálgicos, por un lado, en términos energéticos de la superficie del planeta. Simultáneamente, puntos esos «intensificados» por el «anclaje» de intenciones, deseos, expectativas, es decir y en última instancia, energía psíquica y emocional de miles y miles d epersonas a través del tiempo. Y, finalmente, la actitud silenciosa, de recogimiento, de «enfoque» en definitiva del practicante articula e interactúa con las características previas, provocando y generando, así, esa «conexión», que no es más que el replicar en Uno lo que es parte del Todo. Dicho de otra manera y para que no queden dudas: definitivamente no es lo mismo hacer el recorrido en «modo turista», conversando y distraídamente, que hacerlo con el «foco mental» dirigido al qué, porqué, cómo y dónde. Es muy interesante observar a través de los años como los turistas visitan muchos sitios recuperados arqueológicamente en plan de fotografiar y bromear, perdiéndose la ocasión verdaderamente única de «sentir» el lugar. Y en esos casos, la única diferencia estriba en cómo se «mueven» dentro del lugar. Ejemplo, la «Pirámide del Sol» en Teotihuacán. Debo al hermano de la vida Jorge Badillo haber aprendido a cómo ascenderla, cosa que he repetido desde entonces, solo o en grupo, numerosas veces. ¡Y qué diferencia con aquella primera vez que trepé sus escalones con el único afán de llegar a la cima y tomar fotografías!. Y continuando en esta tesitura, no es un tema menor, cuando se ascienden las pirámides precolombinas, advertir la enorme diferencia de hacerlo al «modo occidental» (en línea recta hacia arriba) o al modo ancestral, en zigzag, observándose que aunque la extensión caminada parecer mucho mayor, la energía con que se llega al tope es superlativa. Pero, insisto, esto es anecdótico; no es el verdadero objetivo. ¿Y cuál debe ser éste?. Las «vivencias espirituales», que describí al principio. Que si así y aún no son comprendidas por el lector, es sólo porque le estará esperando su propia caminata espiritual.

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