Ufología y Revisionismo Crístico

Si ustedes acometen la lectura de este trabajo con la secreta esperanza de encontrarse con una mirada “salvatífera” (prefiero no emplear el más común término “mesiánica”) de los supuestos y nunca bien ponderados “Hermanos Mayores”, me temo que los desilusionaré. Pero, en todo caso, me encogeré de hombros diciendo que no puedo ser responsable de la “proyección” inconsciente que cada lector haga con (o sobre) el título de la nota. Porque en lo personal, la concepción del mismo sólo vincula a un tema y otro en cuanto a su analogía, no su naturaleza. Y paso a explicarme. Hay una correspondencia entre Ufología y Revisionismo Crístico y es que, a diferencia de otros campos del saber humano, cada “progreso”, cada “descubrimiento” debe ser vuelto a plantear una y otra vez como si fuese la primera. Como la huella de un pie en la arena de una playa borrada por el mar durante la noche.

En todos los otros ámbitos un nuevo descubrimiento se recibe, discute, quizás se destruye o acepta integrándose así al saber. Aquí, hay que repasar, repetir una y otra vez como cosa nueva datos ciertos, que no son simplemente negados por falsos porque si así fuera se guardaría recuerdo de ellos.

Tomen la unión de Jesús y María Magdalena o su supervivencia a la crucifixión: es una teoría que circula desde el siglo XI y se explaya hasta en el Corán por lo que la afirmación que es “sensacionalismo iconoclasta y mercantil” es errónea, como es errónea la creencia instalada que “surge” con el libro “El enigma sagrado” de Baigent, Lincoln y Leoigh o, más recientemente, con “El Código Da Vinci” de Dan Brown. Una y otra vez, también, debe renovarse la presentación de evidencias que apuntan a mostrar a Jesús no como quien “suponemos” (o queremos creer) que fue, sino como un revolucionario que reivindicaba también un derecho de linaje a ejercer la autoridad mundana en Israel.

Y así también, en el fenómeno OVNI y su investigación, evidencias y casos incontrastablemente definitorios deben invocarse una y otra vez ante la aburrida repetición de argumentaciones escépticas o, mejor aún, simplemente negacionistas. Este proceso aplica y se repite hasta en el mismo discurso descalificativo de quienes –por ejemplo en los medios de prensa masivos– periódicamente presentan como “nuevas conclusiones” las presuntas investigaciones de comisiones oficiales que terminan siendo “refritos” de otras anteriores y ya olvidadas. Recuerdo, por caso, la prensa publicando en 1973 las conclusiones de la Fuerza Aérea norteamericana… que no eran otra cosa que las conclusiones de la “Comisión Condon” de 1968, o la prensa argentina anunciando en distintos tonos de seriedad (o jocosidad) la creación de una “primera Comisión OVNI” en el seno de la Fuerza Aérea Argentina en 2018… y en 2011, y 1995, 1978, 1965, 1962, 1956 , 1949…

¿Qué podrán compartir en común dos temas tan disímiles como la historia de Jesús y los OVNIs? Creo que una mirada junguiana daría algunas respuestas. Ambos son temas icónicos de la literatura contestataria al pensamiento académicamente aceptado. Ambos son campos fértiles a toda conspiranoia. Ambos son temas cuyos postulados implícitos resultan escandalosos al paradigma social establecido. Y ambos –por sobre todo– se expresan simbólicamente como Arquetipos que pulsan de manera violenta sobre la zona de confort intelectual.

De los OVNIs (dejando de lado toda interpretación hipotética) podemos decir que como objeto luminoso y numinoso (siempre quise escribir ambas palabras juntas, y qué mejor que lo que llamamos “OVNI” para expresarlo) es un “mandala”, en tanto objeto externo que captura la atención consciente pero moviliza emociones a nivel inconsciente, representación simbólica con una enorme carga afectiva y cuya experiencia de visualización modifica el estrato profundo de nuestras creencias. Sin discutir su realidad física y seguramente extra terrenal (sea en el sentido de fuera del planeta Tierra o fuera de la experiencia tridimensional cotidiana), suelo decir que muchos ufólogos (o no tanto) deberían permitirse unos minutos de observación enfocada de un mandala a tamaño natural musitando de manera monocorde un mantram y comparar luego el “estado” resultante lo que un testigo OVNI manifiesta como remanente de una vivencia de esa naturaleza. De los OVNIs también podemos decir que quienes viven el encuentro con ellos no tienen la misma cosmopercepción después comparada con la que tuvieron antes. Y de Jesús podemos decir que todo aquél que estudia los abordajes revisionistas no puede seguir pensando la Historia en los términos que el “establishment” condicionó antes de hacerlo.

Uno, representa la expresión sensible del espíritu humano (hablo del OVNI). Otro, representa -cuando menos para nuestra civilización occidental y judeocristiana) la expresión sensible de la espiritualidad humana (hablo de Jesús). Aunque ambos conceptos previos serían perfectamente intercambiables.

Toda imagen que moviliza respuestas emocionales, toda emoción que se condensa en una imagen es de naturaleza arquetípica. Y ante la pregunta de si se reprime la expresión del Arquetipo desconociendo o negando la evidencia, o si desde “algún lugar” (físico o metafísico) se manipula el Arquetipo para negar o desconocer la evidencia, diré que en esta instancia no es importante dilucidar eso; sí quizás lo sea señalar lo insano, en términos de homeostasis psíquica (individual o colectiva), voluntaria o involuntariamente ejercer esa Negación. No es ocioso entonces que estos dos temas generen tantas pasiones encontradas, tantos conflictos intelectuales, tantas “excomuniones” (de las religiosas y delas académicas), tantas burlas y enojos. Y que muchos espíritus, quizás por no poder manejar la tensión angustiante de tales dicotomías y atrapados en la fascinación (otra vez emocional; otra vez arquetípicas) busquen –siempre inconscientemente– resolverlas mediante otro Mecanismo de Defensa del Yo. Porque así como lo es la Negación y la Racionalización (no otra cosa subyace tras la instintiva tendencia a explicar lo Desconocido en términos de lo Conocido), la Condensación (reunir en un sólo componente simbólico lo que puede ser claramente diferenciado) también lo es. Y entonces la Ufología y el Revisionismo Crístico se “resuelven” –en el limbo de esa angustia– en un sólo ámbito concomitante: el mesianismo extraterrestre.

Lo que contundentemente podríamos llamar “Ufología Crística” se encuentra plagado de componentes muy simbólicos, muy inconscientes… y muy humanos. Los Hermanos Mayores, para comenzar, invocan a Dios y a Cristo Jesús, pertenecen a una “Federación” Galáctica, Ashtar Sheran sigue siendo “comandante”, reconocen Jerarquías Celestiales y angelicales y hasta, curiosamente, sus comunicaciones telepáticas suelen ser -para el mundo hispanoparlante- en un castellano demodé, propio del Quijote y en consonancia con las “profecías marianas” que, como sabemos, nunca se transmiten en un modismo guatemalteco, ecuatoriano o chileno sino siempre con acento de la Castilla del siglo XIX. Y a este razonamiento se suma lo que he desarrollado en otros artículos: el fenómeno OVNI es “proteiforme”, es decir, se manifiesta, expresa según el paradigma cultural y emocional del testigo-percipiente. Cito un ejemplo que investigué en persona (aunque la literatura ufológica abunda en ellos):
Fue allá por los años 80 del siglo pasado cuando, en ocasión de estar llevando adelante algunas actividades en la localidad de Santa Rosa, provincia de La Pampa, aprovecho la oportunidad para trasladarme a un pueblo cercano, Macachín, donde poco tiempo antes se había reportado un cuasi aterrizaje de un OVNI, con dos testigos: un ingeniero agrónomo, a la sazón de 35 años de edad que se desplazaba en su automóvil por una carretera adyacente al campo donde, sobre los restos de un árbol seco, casi se había posado el objeto luminoso en esa húmeda madrugada, y una señora, entonces de 63 años, que vivía sola precisamente en ese campo y lo vio en instancias que salía a ordeñar una vaca.

Llegado al pueblo localizo a ambos rápidamente por referencias de los vecinos. Entonces, no se conocían entre sí. Entrevisto primero al joven profesional quien, con detalles, me describe lo que él entiende era una “nave extraterrestre”; se detiene puntillosamente en sus “toberas”, por donde expelía “gases incandescentes” y señala haber distiguido incluso una “portilla transparente”, aunque –aclara– a través de ella no se perciba ninguna entidad.

Al día siguiente me recibe la amabilísima señora, propietaria del campito quien, emocionadísima, me relata cómo vio, esa madrugada… a la Virgen María manifestándose sobre el árbol seco. Una lectura superficial llevaría a algunos lectores –especialmente y quizás a partir de sus propias creencias– a concluir que la aproximación de una nave espacial fue, erróneamente, interpretado por la dama (que recuerdo con escasísima instrucción formal) como una “aparición mariana”. Pero con los mismos criterios, otros lectores, creyentes devotos, tienen derecho a interpretar con toda licitud exactamente lo opuesto: que una visita de la Madre de Jesús fue interpretada, erróneamente, por el profesional como una “nave espacial”.

En lo personal, entonces, creo que el OVNI, como “estímulo-señal”, no es ni lo uno ni lo otro. ¿Qué es? No es éste lugar para agotar este tema, aunque permítanme remitirles a mi artículo “Reflexiones sobre el origen extradimensional de los OVNI”, para tener una idea más clara de mis hipótesis de trabajo. Lo importante, aquí, es que para conocer “lo que es” debemos formular, primero, las preguntas correctas. Y una de esas preguntas es comprender no la distinción entre “verdadero” y “falso” (lo que, mínimamente, sería pedantería intelectual por nuestra parte al creernos con derecho –y, más aún, capacidad– de juzgar lo que es “real” de lo que no lo es) sino cuál es el “filtro” (o el cristal distorsionante) que “naturaliza” lo que experimentamos. Para el caso concreto del “mesianismo extraterrestre” (léase; la salvación por los Hermanos Mayores) me resulta un ejercicio interesante el esfuerzo de decodificar lo que es “humano” de lo que no lo es. ¿Recuerdan los lectores más conspicuos aquél ya viejo artículo mío titulado “Canalizadores, Contactado y Revelaciones”. Traigo a colación, aquí, uno de mis comentarios allí: “estoy seguro que contactan con algo. La pregunta es con qué”.

Incidentalmente y a modo de conclusión del artículo (no, sin duda, de las reflexiones que puede generar) debo repasar dos ideas vectoriales. Una, que la fusión de ambos campos conceptuales parece ser más un mecanismo de defensa (no todos toleran la angustia metafísica de convivir con lo inexplicable aceptando que no podrán hacer una “lectura lineal” de ello) o (pero también, “y”) objeto de manipulación de cierta Ingeniería Social. Enseguida volveré sobre ello. La otra idea vectorial: Que los investigadores de uno y otro campo consideren que tales mecanismos llevará a hacer un esfuerzo, extra y periódicamente repetido, para “instalar” todo hallazgo, todo descubrimiento porque la misma naturaleza arquetípica del “espíritu” de estos temas vulnera las “zonas de confort” de los receptores del mensaje.

¿A quién le sería funcional el “mesianismo extraterrestre” que justificara una Ingeniería Social desarrollada alrededor de esa construcción? Básicamente a dos intereses: al de Poderes que desean desviar la atención del público de la verdadera naturaleza de la inteligencia detrás de estas manifestaciones (creando una cierta atimia, un cierto conformismo relajado de parte del público ante unas “presencias” que se convence de pacíficas y, como dijimos, salvatíferas, a las cuales subordinarse). Esto conlleva inevitablemente otra pregunta: ¿y cuál sería, hipotéticamente, esa “otra” verdadera naturaleza? Seré prudente aquí; pero no puedo evitar especular, al observar la sumisión de los Poderes en las Sombras (en otro artículo iré explicando porque, últimamente, prefiero más esta expresión que la más popular “Illuminati”) a la creencia (no puedo testificar la “existencia”) de potestades “sutiles” que parecen nutrirse de la energía colectiva del sufrimiento humano…

Pero también puedo proponer otras dos posibilidades. Una, que este “cristianismo extraterrestre” sea útil a un ataque sutil a la perpetuación, en el tiempo, de instituciones ecleciásticas tradicionales (y tradicionalistas). Pero, también, alimenta la especulación exactamente opuesta: la Iglesia Tradicional, consciente que en tiempos más o menos próximos (quizás unos decenios, pero eso, en la historia de la institución, es apenas nada), se prepara para “mutar” a otra fase más acorde a los nuevos tiempos. Y conculcar elementos cristianos en un folclore que (repito, más allá de su realidad física) evoca imágenes arquetípicas no sólo es una forma de perpetuación: es una forma –para quien sepa presionar los putos sensibles correctamente– de manipulación.

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